Una mujer Sabia

AUTOR: MARIO FLORES LARA

Raquel Alejandrina cumpliría hoy 78 años. Solidaria, sensible, combativa, generosa, valiente. Consciente de su identidad de clase proletaria y orgullosa de su linaje popular. Tenía el arte de escuchar, el don de la palabra precisa y de las acciones trascendentes.

Raquel Alejandrina era una mujer Sabia.

Tuvo que dejar la escuela siendo una niña pequeña para trabajar y aportar a la economía doméstica. Aunque las profesoras de su escuela intercedieron sensibilizadas por sus excelentes calificaciones y aguda inteligencia, fue imposible revertir la sentencia. Ser mujer y pobre en una sociedad patriarcal y clasista, es muy cabrón.

Muchos años después terminaría la primaria en escuela nocturna para trabajadores, en el mismo establecimiento educacional donde yo cursaba en turno matutino el mismo grado.

Años 70´s: Mañanas de domingo, Población Nueva Matucana y mediagua, huevos con cebolla, Alodia Corral y tangos por la radio, y ella con narración actuada iba dibujando las imágenes oníricas del sueño de la noche reciente: gallinas con zapatos de taco aguja, platicando y riendo.

También en los primeros años de esa década, en plena Unidad Popular de Salvador Allende, con 26 años y tres hijos, que también eran cuatro, se sumó a las brigadas de salud que florecían como parte de los procesos de transformación que se vivían, pues en nuestra Población a orillas del río Mapocho no teníamos policlínico, ni servicios médicos. De esa experiencia y vocación desplegada fue reconocida como la Señora que ponía inyecciones y hacía curaciones de heridas… del cuerpo y a veces del alma.

Años 80´s: Días feroces de Pinochet, la muerte y el hambre asediaban al país por los cuatro costados. Fue una tarde, a la hora de “la once”, cuando sólo había un pan para alimentar al familión de 7, en que la vi partir la escuálida marraqueta en siete partes iguales, y entre risas y juegos ese pedacito de pan que nos tocó, nos supo a gloria, a alegría compartida, a Dignidad. Ésta ha sido la mayor lección de equidad y trascendencia humana que he tenido en mi vida.

Para esos años, ya vivíamos en la Población Violeta Parra en Cerro Navia. Calles de tierra, pobreza y abusos policiales, cesantía y ollas comunes, compañeros asesinados o desaparecidos; pero también militancias contra los milicos, organizaciones sociales, panfletos en estencil y rayados combativos en las paredes del barrio. Con otros vecinos adolescentes nos iniciábamos en las canciones de la Trova Cubana y del Canto Nuevo latinoamericano; aficiones que convivían orgánicamente con variadas conspiraciones contra la dictadura.

Raquel Alejandrina comprendió de inmediato que era imposible detener la participación política de sus hijos y de los otros mocosos, pero también tuvo la dolorosa claridad de los riesgos de muerte o desgarro que implicaban las clandestinidades de los adolescentes. Con delicadeza y encanto se acercó a las otras mamás de la cuadra. Con la excusa de una tacita de té y unos puntos de crochet, se juntaron bajo la parra del patio y sin ningún aspaviento, como lo más natural del mundo, empezaron a leer “La Madre” de Maximo Gorki, lectura que matizaban con alguna receta económica de cocina, un remedio casero contra el empacho o una confesión por los descarriles de los maridos. Así fueron conformando un espontáneo y clandestino grupo de madres, que sin enunciarlo explícitamente ni reconocérselo conscientemente a ellas mismas, iban pensando acciones hipotéticas ante posibles escenarios represivos de los criminales escuadrones de la muerte de Pinochet.

Años 90´s: El sol entraba alegre por el balcón iluminando nuestra casa en Alamar. Dolencias del cuerpo, heridas del corazón y dolores del alma, iban cicatrizando de a poco con el cariño de vecinos y el abrazo amoroso de toda una Isla.

Por pelotudo, refunfuñé cuando con atenta diligencia me preparó el desayuno antes de irme al primer día de clases en la universidad. En las mañanas, peinaba con amorosa dedicación a su pequeña nieta para llevarla a la escuela y se sentaban juntas a su regreso en la tarde, para acompañarla cuando hacia sus tareas. Fue por esa época que empezó su esmerada aplicación de mezclar engrudo y hojas de periódico, haciendo nacer múltiples creaciones de arte. En un muro austral cuelga oronda y testimonial, una máscara de papel maché labrada por sus manos y pintada por las mías, que data de esos tiempos de sol y encuentros.

Raquel Alejandrina Lara Zamorano cumpliría hoy 78 años. Era una mujer Sabia y tuve la inmensa fortuna de que fuera mi Madre.

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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