Mario Eduardo Flores Lara: ¡Presente!

Autor: Mario Eduardo Flores Lara

Después de 4 años de militancias públicas y clandestinas, y una que otra barricada contra la dictadura de Pinochet en Chile, salí a México en 1983. Tenía 20 años.

Después de 4 años de exilio mexicano, de migrante ilegal sin papeles, de naufragio existencial y angustias del alma, de un reventón pesado y auto-destructivo, salí a Cuba en 1987. Tenía 24 años.

Llegué a La Habana un jueves a finales de junio, con la cabeza casi rapada, una larga y delgada trenza en la nuca, algunos aretes en la oreja izquierda, un jeans raído, una mochila gastada que portaba algunos libros, una maleta con equipaje mínimo y un corazón encabritado que se me salía del pecho.

A los 2 meses de llegado a la mayor de las Antillas, estaba viviendo emocionado el magno ritual de subir la Escalinata Universitaria, acompañado por cientos de nuevxs estudiantes que ingresábamos radiantes a la histórica Universidad de La Habana, que este 5 de enero pasado cumplió 294 años de fundada.

Una hermosa escultura femenina como símbolo de la Alma Mater que nos cobijaría y que constituiría parte significativa de nuestra identidad, nos recibía con los brazos abiertos al final de los 88 escalones, cristalizando un umbral magnífico que entretejía Memoria y Horizontes.

El primer día de clases me desperté de madrugada, no había dormido casi nada de la emoción, y salí en una de las primeras “guaguas” desde Alamar rumbo al Vedado, pues las actividades académicas iniciaban a las 7 am en punto y era inaceptable el llegar atrasado. Ir a la universidad siendo el primero de la familia que llegaba a una alta casa de estudios, era un gran desafío y una enorme responsabilidad. Y hacerlo en una universidad cubana, mucho más. Llegar por primera vez en calidad de estudiante a la Facultad de Psicología era un deseo, una aspiración y un nerviosismo extremo. Hacía 8 años que no era alumno regular y de mi educación preuniversitaria tenía remotos recuerdos. Entré a un salón con 100 nuevxs estudiantes, irreverentemente jóvenes, de múltiples colores y de sólidas formaciones, que sin poder evitarlo surtían en mi un efecto de intimidación, el cual disimulaba con cara de póker.

Ese primer día de clases, después de las bienvenidas de rigor, de terminar de asimilar el reglamento de funcionamiento, de la adaptación a la algarabía tropical, de atreverme a un par de conversaciones de pasillo con algunas de mis compañeras donde me habían bombardeado a preguntas sin anestesia, al más puro estilo Caribe, entré a mi primera clase: Estadística.

Para mi que siempre 2+2 ha sido igual a 5, y que los números en particular y las matemáticas en general, han sido como un cuento de terror, entrar a una clase de estadística era como entrar a un laberinto, con minotauro incluido. Un laberinto que iba a durar los primeros 2 años de la carrera.

La profesora de estadística entró ufana y sonriente a ese antológico salón de clases en forma de anfiteatro, que tenía enormes pizarrones con un riel vertical que los hacía subir y bajar, para no tener que estar borrando constantemente. Puso su bolsa a un costado del largo mesón, abrió un libro enorme con páginas escritas a mano e inició el pase de lista. Y de repente creí escuchar en una lejanía onírica mi nombre completo. Al volverlo escuchar reaccioné que yo era parte de la lista de asistencia y que debía de decir de manera enfática “Presente”. Porque estaba Presente, porque era Presente. Estaba y era Presente. Enorme ejercicio ontológico después de tanto exilio y otros tantos inxilios. De orfandades y perdidas irreparables. De compañeros asesinados por milicos con alma de hienas, y que en las marchas de protestas enarbolábamos sus nombres y se agregaba el “Presente, Ahora y Siempre”. Y vuelta a escuchar mi nombre completo, como una tercera llamada tercera, y con seriedad taciturna salió de mi boca, sin creerlo todavía del todo, un Presente imperceptible, que de inmediato lo sentí resonar como un eco interpelante y pedagógico, en las paredes del salón, en los pizarrones, en los cuerpos luminosos de todxs mis compañerxs, en la Escalinata Universitaria, en La Habana, en Cuba toda. Y fue ahí donde empecé a darme cuenta de forma cabal que estaba Presente, que era Presente.

Mario Eduardo Flores Lara … PRESENTE !!!

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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