De viajes y zapatos

Autora: Isabel Cristina López Hamze

Llevo dos años con las mismas sandalias puestas. Desde principios del embarazo las comencé a usar y no me las he vuelto a quitar. Di a luz con ellas, cubiertas por unas botas de tela verde. Ahora mismo las tengo puestas. En estas sandalias está la mácula del tiempo. Hay en ellas diminutas cantidades de sangre, semen, leche, coronavirus, saliva, lágrimas, hay partículas de buches, caca y pipi de bebé, hay almíbar y vinagre derramados. Como no quiero usar más zapatos hasta que mis sandalias se me desintegren en los pies, le regalé a mi prima otros que tenía. Unos le quedaron perfectos y otros un poquito grandes, entonces ella me dijo: «No importa, les pongo algodón en la punta.»

Y yo me acordé de la cantidad de veces que mi mamá tuvo que ponerle guata en la punta a mis zapatos. La guata que le sacábamos al colchón de mi abuela por un hueco que le había abierto un muelle roto. En aquel momento era mejor comprarlos más grandes, para que duraran. Tus padres podían comprarte dos números más arriba y, con mucha suerte, los zapatos te duraban hasta que te creciera el pie. Tuve amigas que usaron siempre zapatos grandes, porque se les cortó el desarrollo y se quedaron con el pie chiquito, contra los pronósticos de sus padres. Otras niñas, como yo, crecieron demasiado rápido. Muchas veces anduve con el calcañal afuera porque las sandalias me quedaban chiquitas. Y cuando eran tenis, mi mamá les habría un huequito en la punta para que el dedo gordo saliera y pudiera aprovecharlos más tiempo. Me acordé de aquellos Lolita negros que estaban llenos de etiquetas de colores. Aquello que parecía una decoración estilizada, eran los parches que tapaban los hoyitos. Aunque tuve aquellos emparchados, también tuve mis zapatos puntifinos de charol negro con floripondio de brillo. El sueño de las niñas en aquella época.

Recordé también aquel fatídico día en que se me perdió un popi rosado de flores de los que encendían un bombillito cuando pisabas. Eso fue en el Distrito José Martí, en Santiago de Cuba, cerca de donde paran las camionetas. Mi papá salió corriendo conmigo para el hospital porque yo me enfermé de pronto. Me llevó cargada y con el apuro se me salió un zapato en el camino. Mi papá regresó al otro día a ver si encontraba el zapatico, pero nada, y así pasó casi cinco años mirando para el piso. Eran unos zapatos lindísimos y me quedaban justos. Mi papá y yo nos consolábamos imaginando que una niña con una sola pierna se había encontrado el zapato y estaría muy feliz.En la secundaria yo misma me hacía cocalecas que combinaban con la ropa, solo con una suela vieja y unos cordones. Eran sandalias efímeras, porque solo duraban una puesta. Los cordones se partían con el roce del suelo al caminar. Yo llevaba, por si acaso, otras tiritas en la cartera. Nunca recibí tantos elogios por mis zapatos como en aquellos años de secundaria. Recuerdo unas botas Piccadilly que mi mamá me trajo de Brasil y me duraron 5 años. Con ellas fui al teatro, a la defensa de mi tesis de maestría, a las reuniones de padres en la escuela de mi hijo, a las recepciones, a los cumpleaños, a los hospitales, a los guateques. Con aquellas boticas negras subí el Turquino y anduve 34 días por la serranía guantanamera. Ellas me acompañaron en mis viajes y las tuve puestas hasta que la suela se puso tan fina que se me quemaban los pies con el calor de la calle. El día que las boté, me quedé con los cordones y las hebillas.

Yo no sé cuánto tiempo más resistirán estas sandalias. Con ella he hecho los viajes más cortos: de la cocina a la sala, del cuarto al balcón, del baño al comedor. Pero también el largo viaje de mi segunda maternidad. Ellas han soportado el peso de madre e hijo, han resistido los embates del cloro y el alcohol. Con ellas he hecho viajes hacia adentro, viajes cotidianos de crecimiento y armonía. Los viajes cortos que la pandemia ha impuesto y que he decidido disfrutar a plenitud. El día que decida botarlas me quedaré con las hebillas y las pondré junto a las de aquellas boticas negras, como el recuerdo de mis andanzas.

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osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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