LA BICICLETA y YO (1)

Autor: Mario Flores Lara

Fotografía: Mario Flores Lara

A los 7 años me robé descaradamente unas monedas que estaban sobre la mesa de la cocina. Con el botín bien apretado en mi mano, salí presuroso a la calle sin que nadie se percatara y corrí rapidísimo un par de cuadras hasta la casita donde rentaban bicicletas por hora. Con las escuálidas monedas hurtadas, sólo me alcanzó para 30 minutos. Me pasaron una bici de color azul ya raspado, de un tamaño acorde a mi estatura y sin frenos. Recuerdo perfectamente la sensación de estar sentado en ella, hacer equilibrio sobre las dos ruedas y en la emergencia tocar con mis pies el piso.

Después de esa increíble odisea de 30 minutos (donde hasta el día de hoy aseguro haber aprendido a montar en velocípedo) y al llegar de vuelta a la casa, asumí estoico el castigo que me esperaba, que era más por la ausencia sin aviso que por las monedas.

A los 11 años mis padres aparecieron con un inesperado regalo para mi y mis hermanos: una flamante y maravillosa bicicleta “Mini” color mostaza. Por sus escasos salarios y la enorme parentela, mis viejos se vieron obligados a comprar la bici a crédito, a pagarla mensualmente por un largo tiempo. La primera semana de llegada de la “Mini” a nuestras vidas, la existencia se dividía en ir a la escuela por las mañanas y dar vueltas y vueltas toditita la tarde hasta entrada la noche. Me acuerdo del orgullo infinito al lograr la proeza de llevar en la parrilla de atrás que la “Mini” tenía, a un pasajero que iba parado afirmándose en mis hombros. Antes de dormir era el ritual sacro el agarrar un pañito y limpiarla minuciosamente, quitándole todo vestigio de tierra o lodo.

A la segunda semana tras muchísimas vueltas y vueltas, el patio de la Escuela 152 donde vivíamos, así como la calle de tierra donde estaba nuestra casa, se fueron convirtiendo en un universo estrecho. La velocidad y pericia que fui adquiriendo en la “Mini”, reclamaban territorios más vastos y geografías ignotas. Un miércoles después de almuerzo agarré la “Mini” y con sigilo salí calladito a descubrir mundos. Me monté “al güelo” y pedaleé con todo el corazón. Crucé sin mirar atrás la Indus Lever que era una de las fronteras de mi Población. Crucé con la misma actitud del espíritu el Puente Carrascal, que era la línea definitiva que nos separaba de ese otro ecosistema enorme: la ciudad. Seguí pedaleando por Balmaceda resguardándome de los vehículos que pasaban silbando a mi lado y sorteando la irregularidad de los adoquines de la calle. Agotado y sudando me detuve en la mera esquina de Mapocho con Matucana a descansar, justo donde había un kiosco de periódicos y revistas. Mientras intentaba recuperar el aliento, escuché la voz de un señor que se dirigía amablemente a mi. Levanté la mirada y confirmé que un hombre mayor me platicaba y empezaba a desplegar un argumento complejo. Escuché atento la solicitud de ayuda que me hacia. Me dijo que era el dueño de ese Kiosco y que necesitaba ir a unas cuadras más allá a buscar los periódicos de la tarde y que si yo era tan amable de prestarle mi bici para ir y que no se demoraría nada y que porfa le cuidara su puesto de revistas y que al regreso me regalaría el último ejemplar de Condorito, otro de Barrabases y también un Pato Donald. Confiado le pasé la “Mini” y esperé y esperé y esperé. Después de una eternidad comprendí que ya no vería nunca más mi bici.

A los 17 años mi existencia transcurría entre barricadas, peñas, libros clandestinos, Ollas Comunes y la militancia en la Resistencia que el MIR organizaba contra la dictadura de Pinochet. Nos movíamos de un extremo a otro de la comuna, por entonces Pudahuel y hoy Cerro Navia. Los traslados para el arduo y creciente trabajo político que realizábamos, lo hacíamos a pie o pidiéndole al chofer de la micro que nos llevara gratis o por las mínimas monedas de nuestros raquíticos bolsillos.

Justo por esa época visitó a la familia la Nelly, una tía que vivía en México. Antes de despedirse con su abrazo cariñoso, me dejó como regaló un billetito color anaranjado. En el encuentro de esa noche con los compañeros de insurrecciones, saqué el billete, lo extendí con la punta de mis dedos y dije categórico: “Si buscamos bien, creo que nos alcanza para una bicicleta usada”.

No sé si fue el Rolo, el Carlos, el Gastón o el Gonzalo que se agenció en un mercado de cachureos con ese billetito una bici bastante destartalada, pero que a los pocos días quedó resplandeciente, con los arreglos enjundiosos de todos y una pintada impúdica con el spray que usábamos para los rayados y grafitis clandestinos.

Rápidamente la recién llegada pasó a ser parte de nuestra organización política, adquirió el rango incuestionable de militante por su trascendente labor comunitaria y se consagró como uno de los primeros medios colectivos de producción, por todo lo cual y después de mucho pensarlo, en magna ceremonia le dimos el mejor nombre de todos: “La Negra Chueca”.

“Negra”, por el color del spray con la que fue pintada. “Chueca”, porque a pesar de las aplicadas reparaciones y los denodados arreglos, fue imposible quitarle una torcedura del manubrio, quedando con un halo misterioso como el de la Gioconda, que al ser mirada de frente parecía que saludaba con una sonrisa socarrona.

Nunca teníamos la clara certeza de quién la estaba usando. Siempre estaba siendo usada por el que más la necesitaba. Con ella potenciamos mucha energía y ahorramos mucho tiempo. Era común verla en la población Sara Gajardo, al rato en Pudahuel Sur, más tarde en El Montijo, después en la Herminda de la Victoria, tanto así, que más de alguien llegó a pensar que tenía el don de la ubicuidad.

“La Negra Chueca” fue una gran compañera en esos tiempos aciagos y en esa época luminosa…

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.