Estación Hortensia

De Alberto Di Matteo.
Tomado de Inventiva Social

Foto de Marcelo Arcas
Foto de Marcelo Arcas. En Estación Villars de la Compañía General Buenos Aires el tren mixto a Rosario.

“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde implacable sobre la piel, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.

—¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuh! —y agrega, decidida: —Yo voy a volar como los pajaritos.

—¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? —propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.

—¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren —y ella se cuelga de su brazo, apurando la marcha.

Una suave brisa mitiga la temperatura en aumento de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…

…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia colgada por su abuela en la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.

¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate y a veces la sombrilla, comentando películas, libros e historietas. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos donde veranease en su adolescencia, escuchándola decir que “al menos, con esto los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continuó funcionando durante años de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.

“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”

Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de los ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman el caos particular de su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con infinidad de detalles que la vuelven única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos para él, dejándole una marca, que por pequeña que fuera, hacen la enorme diferencia de que hoy él sea de esta manera y no de otra…

—Ahí viene el tren —se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.

El se ha convertido en un padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que al inicio de su carrera no le parecía tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece y enorgullece como nadie -aunque a veces también lo saque de quicio-, una mujer a la que ama, considera un par, y en quien confía plenamente.

El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.

—Vamos a volar…¡en tren! —grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.

—Si, hijita —murmura él, agachándose junto a ella para abrazarla, mirando hacia un futuro que seguramente lo sorprenderá. —Vamos a volar…

-Marzo de 2011 – Abril de 2020

Editor

Editor

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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