Crónicas del pequeño Samuel (II)

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Amigos lectores, esta semana les comparto otra Crónica del pequeño Samuel, dedicada en esta ocasión al día de las madres. Este texto completa la trilogía que hemos estado compartiendo desde hace dos semanas, dedicada al día de las madres. Una vez más espero que disfruten la lectura.

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Lo prometido es deuda, hoy les contaré sobre el día que conocí a mi madre. Eran las 2:15 de la madrugada, y el útero se contrajo indicando que había llegado el momento. Mi madre se despertó ante el dolor, y como si fuera una ginecobstetra experimentada tomó su celular y se asombró al ver que los intervalos eran de 15 minutos. Luego tocó a mi padre por el hombro y le dijo bajito «José, llegó el momento». Mi padre, que siempre ha sido cómico en sus reacciones, pego un salto y quedó plantado frente a la cama con sus ojos grandes y hermosos queriendo salirse de su rostro. Entonces mi madre le dijo «Tranquilo, todo saldrá bien.» Recuerdo minutos después a mi madre cuando, bajando las escaleras de nuestro edificio, sintió un dolor esta vez más severo y aún así permaneció tranquila como si fuera un soldado que parte a la guerra y en ese minuto pensé «Madre, yo seré valiente como tú, y haré todo para al fin conocernos.» Muchos piensan que cuando llega la hora del alumbramiento son las madres las únicas que sufren, pero lo cierto es que nosotros, los fetos, sentimos en cada centímetro de nuestro cuerpo un dolor profundo. Debemos trabajar duro para poder meternos en la pelvis de nuestra madre, nuestro pecho y cabeza se comprimen, y tenemos la sensación de morir para nacer, esa es nuestra realidad.

Pasadas una horas, llegamos al hospital. Mi madre es recibida por una doctora que mete sus dedos dentro de ella y le dice que tiene cuatro centímetros de dilatación, que va directo a preparto. No tuvo tiempo ni de cambiarse de ropa. Fuimos ubicados en la primera cama del salón y por allí pasaban todos los médicos que al ver a mi madre decían: «Lo estás haciendo bien, mamá. Sigue pujando.» Sentí su terror cuando la llevaron a un cuarto semioscuro y ahí nuevamente meten manos dentro de ella. Mi madre tiembla por dentro mientras el médico dice: «Vamos, mamá, eso es, trabaja duro, ¡puja!.» Y yo grito desde dentro: «¡Venga, mamá, yo te ayudo!» Y me presionaba cada vez más contra la pelvis, queriendo ponerme en el canal del parto. Lo único que nos mantiene firmes a ambos es el deseo de vernos al fin. Los deseos de ella de sentirme en sus brazos y los míos de existir en su pecho. Luego de tanto dolor, mi madre, al bajarse de la camilla, tiene miedo hasta de respirar. Dos lágrimas salen corriendo de sus ojos y en eso un enfermero, del cual mi madre no recuerda su rostro, toma su mano y le dice: «No vayas a llorar, lo estás haciendo muy bien, mamá.» Y mi madre aún valiente respiro como si el universo dependiera de ella, y con su otra mano se secó las lágrimas mientras le daba las gracias a aquel hombre con los ojos, pues, mi madre, no hablo ni una palabra durante todo este tiempo, como si quisiera ahorrar cada aliento. Volvimos a nuestra camilla y un médico decidió ayudar a mamá y ponerle un suero. Pero aquel suero fue horrible para ella, se retorcía del dolor. Yo sentía su respiración agitada y aún así su fuerza aún intacta. La escuché rezar por mí sin que nadie la escuchará y entonces me dispuse a trabajar más fuerte, tenía que aliviar el dolor de mi madre, tenía que salir de este lugar que había sido mi universo para unirme a ella.

Sentí como mi espíritu me abandonaba: «Madre no se que sucede pero por más que lo intento no logro salir, me faltan las fuerzas. Siento aún cuando no respiro, siento la sensación de asfixia, madre tengo miedo.» Y de ahí me sacó una voz CODIGO ROJO. Movieron a mi madre con velocidad y en el camino, mi madre volvió a poner la mano en su vientre y por interno, que es una vía que utiliza mamá cuando no quiere que nadie nos escuché, me dijo «Tranquilo, Samu, ya pronto nos veremos aguanta un poquito.» «Yo confío en ti, mamá.» Y me mantuve sereno, y conserve mis últimas fuerzas. Después de unos minutos un bisturí corta su piel, una luz llega a mí, y siento que dos manos me elevan. ¡He nacido! Entonces pensé que tenía que dar un buen grito para que supieras inmediatamente que estaba bien, y así lo hice. Después de unos segundos nos presentaron. Ahí estabas tú, intacta después de todo, hermosa, firme y te sentí llorar. Al fin nos conocíamos, eran las 12:35 de un medio día del 24 de agosto.

De ese día, y me disculpan la insolencia de ex-feto, tengo dos quejas. La primera, me parece injusto, antinatural y completamente absurdo que no se me haya puesto próximo a mi madre cuando nací para que ella pudiera besarme y yo pudiera sentirla. Acaso no lo merecíamos después de haber luchado tanto. Ambos necesitábamos la tranquilidad de sentirnos por primera vez y así comenzar nuestra historia de contactos, cercanías, amores.

La segunda, no voy a entender jamás por que mi padre no pudo acompañarnos en el momento más especial de nuestras vidas. Fue obligado a permanecer en un pasillo y a esperar noticias. Mi padre merecía estar a nuestro lado, durante nueve meses me alimentó a través de mi mamá. Me acarició, me cantó mil canciones y estuvo cada segundo a mi lado. Siempre fuimos tres y en el momento especial nos convirtieron en dos cuando nos separaron. Ahí les dejo estas quejas a los médicos, esperando que las tengan en cuenta para futuros nacimientos .

Cuando pasaron unas horas, al fin fui llevado a un salón a estar con mi madre. La vi tal y como la imaginaba en mis sueños, y me tomó en sus brazos que eran incluso mejores que su vientre. Me besó la frente y despacio y bajito me dijo: «Bienvenido, Samuel, te estaba esperando.» 

[FIN]

Si quieren leer más crónicas del pequeño Samuel, pueden hacerlo en el perfil de Facebook de Yexela González. Allí hay textos excelentes sobre muchos temas, con mensajes muy hermosos. Antes de despedirme les anuncio que la próxima semana estaremos hablando de un lugar mítico. Se trata del pueblo de Thale, en Alemania, lugar visitado por grandes poetas y poblado de misteriosas brujas que cada año se reúnen para celebrar la Noche de Walpurgis. Un lugar misterioso y fascinante. Hasta pronto, nos leemos la próxima semana.

Charles Wrapner

Charles Wrapner

Santa Clara, 1993. Actor, dramaturgo, guionista y director teatral. Amante de los cuentos infantiles, las historias o chismes de pueblo, la música tradicional, los buenos chistes y las conversaciones entretenidas. Viajero frugal, rainbow feeling y un eterno enamorado.

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