Mamá, usted tiene la palabra.

Samu

La semana pasada publiqué la primera crónica del pequeño Samuel. Esta semana debería publicar la continuidad de aquella. En cambio, he decidido compartir esta vez un texto firmado por la mamá de Samuel, y que está muy ligado a la primera crónica. Espero que disfruten la lectura.

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Quiero aprovechar que Samuel contó, en uno de sus escritos a los que hemos decidido llamar “Crónicas del pequeño Samuel “, un episodio triste sobre su gestación, y que en estos días hay siempre aplausos a las nueve de la noche, para contarles sobre dos doctores a los que conocí.

El primero.

Doctor de más de sesenta años, corbata perfecta, camisa a cuadros perfectamente planchada al igual que su bata blanca, zapatos puntifinos y negros. Recuerdo que cuando lo vi en consulta pensé que confiaría en el criterio de aquel profesional de la salud. Recuerdo, además, haber entrado a consulta asustada pero con confianza.

Me recuesto en aquella camilla de lona fría. Me pongo en manos de Dios y de aquel hombre de imagen intachable. Pasaron unos segundos y sin siquiera mirarme a los ojos dijo con voz firme: “Estamos en presencia de una hidrocefalia severa.” No exagero en lo más mínimo si digo que mi respiración se cortó al segundo, y como si hubiera recibido un disparo, mi cuerpo sintió un dolor no experimentado nunca antes. Sentí la sangre hormigueando en mis dedos de las manos, mis orejas calientes, mi cabeza tuvo la sensación de agrandarse de repente y sentir un peso enorme dentro de ella. De aquel estado me sacó la pregunta de mi mejor amigo, mi compañero, mi esposo: “Doctor, y aún así, ¿cuál sería su posibilidad de vida?” “Pésima.” Respondió aquel hombre.

Jose me cuenta que en aquella sala había una estudiante, a la cual yo no vi, secándose las lágrimas escondida de aquel profe. Una estudiante que se conmovió ante mi llanto desesperado, suplicante. Luego el doctor toco mi pie derecho y me dijo: “Tranquila, que hasta los cuarenta se puede parir. Ya este embarazo hay que interrumpirlo.” No podría contarles con palabras lo que sentí. Aquel hombre no sabía que mi hijo no era un feto, era Samuel Jesús, pues ya tenía nombre, no sabía que yo no quería parir a los cuarenta, yo quería a Samuel mi hijo. Él no podrá saber que yo estaba operada de una lesión maligna en mi cuello uterino, no tenía manera de saber que Jose, meses antes de embarazarme, era completamente infértil, por lo cuál, tuvo que someterse también a una operación y que, por amor a su futuro hijo, dejó de fumar para aumentar sus posibilidades. Ese hombre no tenía manera de saber por todo lo que habíamos pasado para que nuestro bebé estuviera en mi vientre ese día. No se me tomó la presión arterial, ni se me habló como se debe hablar a una madre cuyas hormonas están estallando. No se respetó mi dolor, ni la vida de nuestro hijo que no es menos vida por estar en mi vientre, fui mandada a mi casa para pensar que hacer con mi bebé. Interrumpir o continuar…

El segundo doctor.

Por la necesidad, la desesperación y después de una reunión familiar, decidimos buscar una segunda opinión. Así llegué a Santa Clara, a Genética Provincial. Luego de estar sentada, no más de 2 minutos y es válido destacar que era muy temprano, veo llegar en bicicleta a una mujer. La describo: sandalias bajitas, pelo bien corto y canoso, aretes artesanales y un collar de colores. No tenía puesta su bata, aquella mujer parecía más una teatróloga que una doctora, pero era doctora. Invita, después de la presentación, a pasar a consulta a toda la familia, no sólo a mí. Su consulta está lejos de ser un lugar frío, me sorprendió ver en la pared colgados cuadros que llevaban fotos de niños. Desde un cuadrito pequeño y humilde, hasta un afiche grande con una foto. Todos niños hermosos y me pregunta: “¿Qué es lo que pasa Yexela?” Como si me conociera de siempre, y le conté todo. Arranque a hablar con desespero, le hable de mis miedos, del valor de nuestro hijo, le hablé de amor. Cuando llevaba no sé que tiempo hablando, hice una pausa preocupada por el tiempo y ella al darse cuenta me dijo: “Habla todo lo que quieras, este es tu momento de hablar y de aquí tú te irás hoy sabiendo que tiene tu hijo. Y con todos los argumentos para que ustedes, y sólo ustedes, decidan cuál será el camino a seguir”. No puedo negar q quedé asombrada ante su paciencia y ternura conmigo. Luego me llevó a ultrasonidos y me sometió a un examen riguroso. Regresamos a su cálida consulta y lo primero que hizo fue coger un papelito, un bolígrafo y comenzó a detallarme todas las razones por las que mi hijo estaba sano. Me habló de atrios ventriculares y de sus medidas de los parámetros, de una por una las partes de la cabecita de mi pequeño. Ante cada palabra Jose y yo nos apretábamos las manos y nuestros ojos querían estallar en llanto. Aquella mujer, sin bata blanca, terminó diciéndome: “Regresa a tu casa y pídele perdón a Samuel por los días que tú has estado sufriendo, vuelve a cantarle su canción, acarícialo, mímalo y dile que lo están esperando con amor, que es bienvenido a sus vidas”. Yo no podía creer haber conocido a una persona como ella. Le dije que ella ese día me salvó la vida, y fue cierto. 

Por eso, cuando llegan las nueve de la noche y Samuel aplaude embullado por la algarabía del barrio, me gusta pensar que sus aplausos son dedicados a esa mujer maravillosa. Esa mujer que no necesita ponerse su bata, es doctora de espíritu y alma. Y aplaude también a todos los que como ella llevan con bondad, ética, profesionalidad y entrega la noble labor de salvar vidas.

Me reservo el nombre del primer doctor, pero me atrevo a publicar el segundo: Doc. Ana Esther Algóra, madre de dos hijos a los que adora, amante del teatro y de la trova. Trabajadora del Centro Provincial de Genética en la ciudad d Santa Clara. Y si visitas hoy su consulta, encontrarás la foto de mi hijo que le fue llevada por nosotros, cinco meses después de nacer Samuel Jesús.

[Fin de la crónica]

Aún nos queda por leer la continuidad de la primera crónica, la semana que viene podrán leerla, y también les daré el enlace por si quieren leer más sobre esta hermosa familia. Recuerden que pueden comentar al final del texto, o también en mi página de Facebook, allí siempre comparto estos comentarios. Nos leemos la próxima semana.

Foto: Familia Fernández González.

Charles Wrapner

Charles Wrapner

Santa Clara, 1993. Actor, dramaturgo, guionista y director teatral. Amante de los cuentos infantiles, las historias o chismes de pueblo, la música tradicional, los buenos chistes y las conversaciones entretenidas. Viajero frugal, rainbow feeling y un eterno enamorado.

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