Bienvenido, Samuel, te estaba esperando. (I)

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Amigos lectores, esta semana quiero comenzar a compartir con ustedes las crónicas que escribe una amiga. Yo, apenas las descubrí, quedé encantado con el profundo amor que hay en sus palabras. Mi amiga se llama Yexela González y la conocí hace algunos años gracias a otros amigos. Conocí antes a su mejor amigo, su compañero, su esposo, como ella lo llama, y tengo un cariño muy especial por él. Su sinceridad y autenticidad son adorables. Es de esas personas que te hace las preguntas claras, transparentes y no hay casi nada que me guste más en este mundo. Yexela es una mujer tan campechana que uno disfruta verla, y ante ella caen rendidos los más altos intelectuales y los más rígidos mecánicos, por decirlo en tono de broma. Una mujer también sincera y sencilla, ya lo verán en sus palabras.

Espero que para ustedes sea una experiencia hermosa leer estas crónicas, como lo fue para mí.

Diario antes de nacer.

Mi nombre es Samuel Fernández González, hijo de José y Yexela. Hoy les quiero contar mi experiencia en el lugar más hermoso y seguro, el vientre de mamá. Comienzo está travesía cuando un día 3 de enero, y después de un año en donde mis padres, según cuentan ellos, habían pasado por mucho y ambos tenía miedo de no poder tener un hijo, al fin llega la noticia.

Lugar: el hospital de Cienfuegos. A mi mamá la acompañaba uno de sus grandes amigos, que además tengo el orgullo de que sea mi padrino, Jesús. Ambos cuando de emociones se trata aparentan una ecuanimidad admirable, entonces el médico dice: «Ud. tiene 5 semanas d embarazo.» Y yo sentí que mi madre temblaba por dentro y mi futuro padrino con voz dulce y nerviosa dijo: «Yo llamo al padre». Ambos mantuvieron la aparente calma mientras mi madre por dentro solo decía: ¡Graciasss Diosss! Y así comencé yo, siendo sólo una mancha en una ecografía.

Después vinieron momentos de abrazos, felicidades, alegría, mis padres ardían en felicidad. Comenzó una etapa hermosa, donde cada día yo me esforzaba para desarrollarme y en pocas semanas logré tener forma de algo y dejé de ser una mancha. Tenía un corazón, los ojos de mi padre se convirtieron en lagunas cuando escuchó latir mi pequeño corazón. Viví momentos increíbles, sentí el amor de mi madre aún cuando por mi causa vomitaba una y otro vez durante meses, los escuché hacer planes, arreglar la casa donde querían recibirme. Los escuché componerme hasta una canción que cantaban juntos casi todas las noches, y fue increíble cómo mi pequeño cuerpo conectaba con esos dos seres que me dieron la vida. Ellos, mis padres, supieron mi sexo antes que cualquier médico. Mi padre me hablaba diario y me preguntaba: «¿Me escuchas, Samuel?» Y yo respondía fuerte: «Sí, papá, se que eres tú». Algunas veces lo hacía con una patada o un codazo. Mi madre, de tanta felicidad, cuando estábamos solos me hablaba de cosas increíbles, mi madre acariciaba su vientre y bastaba para yo sentir mi universo entero estallar de alegría. Un día en una consulta de rutina, un señor de bata blanca le dice a mi mamá que yo no estoy bien, que padezco una enfermedad que se llama hidrocefalia, que mi calidad de vida será pésima, que él recomienda abortar. En ese preciso instante mi universo seguro se volvió inestable, escuché a mi madre llorar, aguantar la respiración del dolor, su corazón se aceleró increíblemente y sentí su miedo, sus deseos de morir, la vi de rodillas suplicando, la vi esconderse y taparse la boca para que mi padre no la viera sufrir. Mi madre, que era mi mundo, se derrumbó. Me pidió perdón como si me hubiera fallado y yo gritaba dentro: «¡Mamá, no le hagas caso, estoy bien, no pasa nada!» Y escuché como ella un día, entre lágrimas, le dijo a papi: «Yo siento, muy dentro de mí, que Samuel nada tiene.» Y en ese momento pensé que era posible que me escuchara. Paso una semana y trabajé duro para que mis atrios ventriculares tuvieran la medida exacta, y así fue.

Llegó el día de la consulta, mi madre llevaba su fe apretada en un puño y en la otra mano llevaba sujeto a mi padre, el único ser con el que es capaz de compartir todo su llanto. Juntos entraron otra vez ante un nuevo doctor. Y mi padre casi se desmaya ante la noticia de que todo estaba bien. Y mi madre con ojeras y casi sin fuerzas volvió a decir ¡Graciasss Diosss!

Juntos, los tres, volvimos a casa. Esa noche volvió la risa y la guitarra, volvieron las mariposas a brillar en nuestra vida y mi madre volvió a estar fuerte. Y por la noche cuando papá dormía apretó su vientre y me dijo: «¡Gracias, Samu!» Ella me agradeció como si no fuera yo el que tengo que agradecer su protección, su amor, su fuerza. Pasaron meses y viví semanas de gloria, me alimente muchísimo, pues mi mamá es de buena boca, jajaja, y durante ese último período difícil para ella jamás la sentí quejarse porque no la dejaba dormir bien. Sino era acidez, eran mis movimientos nocturnos, pero mi madre permanecía intacta, valiente, segura, hasta que un 24 de agosto, a las 2:15 de la madrugada, el útero se contrajo despertando a mamá y dándonos el aviso a ambos de que había llegado el momento. Pero esa historia la escribo en el próximo capítulo de Mi diario antes de nacer.

[Fin de la crónica]

La próxima semana voy a compartirles otra de estas crónicas. Gracias a Yexela, por su generosidad. Nos leemos.

Foto: Familia Fernández González.

Charles Wrapner

Charles Wrapner

Santa Clara, 1993. Actor, dramaturgo, guionista y director teatral. Amante de los cuentos infantiles, las historias o chismes de pueblo, la música tradicional, los buenos chistes y las conversaciones entretenidas. Viajero frugal, rainbow feeling y un eterno enamorado.

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