En una frase cabe el mundo, en una palabra

En una frase cabe el mundo, en una palabra. Releyendo El Inmortal, uno de mis cuentos favoritos de Borges, descubro que “alguien” ha dibujado en el libro. Del enfado pasé a la sorpresa al reconocer mi letra en la única palabra; el resto era una sinopsis en sentido contrario al discurrir de los acontecimientos… así es, no lo recordaba. De esa frase nació uno de los capítulos de mi novela Laurel y Orégano. En ese pequeño mapa que tracé en el umbral del sueño, está el aterrizaje en globo del francés en medio de una boda cuyo pastel fue devorado por las hormigas.

Ya rondaba mi mente la idea de reinventar el matrimonio de mis tíos, luego de dos décadas de feliz unión y una retahíla de descendientes; legalización de la felicidad a cambio de un colchón de muelles que otorgaba el estado… recuerdo de mis vacaciones de infancia en Antilla, Canalito y Vertientes, lugares que ayudaron a nacer al pueblo de Aquimismo, donde todo es posible y las mujeres de diez generaciones conversan con almas difuntas o por nacer, curan con ensalmos, interpretan sueños, regresan a la vida en busca de reencuentros, viajan entre espejos, se tornan invisibles, juegan con la luna, viven en un aroma, dentro de un árbol o en un retrato, tienen el poder sobre los elementos, el tiempo y el espacio. Nada que ver con el cuento de Borges, a saber por qué mi mente los enlazó.

Pero ahí está, y “algo parecido a la felicidad” me ha ocurrido esta mañana, al reencontrarlo.

“Estaban poniendo la mesa por segunda vez cuando alguien creyó ver una estrella fugaz. Más bien lo gritó, que se nos venía encima. Sin saber si pedir el cumplimiento de un anhelo o salir huyendo, porque aún nos quedaba la mala impresión de los dos meteoritos, nos quedamos clavados en el sitio donde nos tomó la sorpresa. Aquello fue creciendo y vimos que aunque venía del cielo, no era Dios –ni el Diablo– quien nos lo enviaba. Se agrandó ante nuestros ojos hasta tomar forma de globo de colorines y cesta ocupada por un tripulante de cabellos bermellón que agitaba un pañuelo en señal de saludo… o de auxilio”.

Laurel y Orégano

Casa Editora Abril

Ojo: Niños, no se pintan los libros.

Por Marié Rojas

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Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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