Los cuatro gatos

LOS CUATRO GATOS

Para mi gato Blue y para todos los gatos abandonados.

El poeta trata de imitar a la mosca,
Pero el gato
Quiere ser solo gato.

Oda al gato
Pablo Neruda

La asistenta recibió al médico con una afable sonrisa y lo condujo a la sala. Mientras caminaba, entre sus pies se enroscaba elegante un gato blanco y negro de ojos verdes, máscara simétrica y mitones, como si llevara un esmoquin. Parecía marcar sus pasos. Cuando se sentó en el sofá, el gato dio un salto y salió por la ventana.

Los cuatro gatos - Ray Respall Rojas

Ilustración de Ray Respall Rojas

En lo que su paciente se preparaba para la visita y le traían un café, pudo admirar la elegancia de la sala. A pesar de cierto aire de abandono y decadencia, se adivinaba el fausto de una época anterior a su nacimiento. Sin ser invitado, atraído por el raso de los cojines, un enorme gato de pelaje plateado, saltó y se acomodó a su lado. Fijó en él sus ojos cobrizos, como diciéndole: “Soy yo quien te permite estar en mi asiento”… Siempre le habían gustado los felinos y de niño había tenido varios; estos superaban en belleza y distinción a todos los que había visto. Cuando se incorporó para ir a lavarse las manos, el gato echó a andar por el pasillo sin dignarse a mirarlo.

Pero cuando pasó al cuarto, junto a la anciana enferma se hallaba un gato blanco, de largo pelaje y ojos como zafiros, haciendo derroche de languidez. Tuvo que reconocer que era el más vistoso, su blancura de luna relucía al golpe de luz que se colaba por la ventana. Quedó atrapado por su encanto.

– Son bellos sus gatos, aunque creo que prefiero este, es una criatura hecha de luz – le dijo mientras calentaba el estetoscopio entre sus manos.

– ¿Mis gatos? ¡Tengo solo una, mi querida Missy! Se llama así por la zona de donde vino mi familia. Hace rato pasó la edad de reproducirse. No puedo creer que a estas alturas haya traído un novio, además, me hubiera enterado… ¿Cuántos gaticos me dijo que había visto? – preguntó mientras acariciaba la barbilla de la gata, que ronroneaba y alzaba la cabeza, dictando el camino de la mano.

El médico sintió pena de haber delatado a la asistenta. La postración de la señora podía haberle ayudado a ocultar los frutos de algún pecadillo de la gata, o algún minino de su propiedad. Pero ya había hablado. No le quedó más remedio que responderle:

– Además de esta belleza de plata, he visto uno blanco y negro y uno de pelo azulado, con los ojos como monedas de cobre.

Ella lo miró mientras él comprobaba sus débiles constantes vitales. Pese a su estado, la anciana sonrió.

– ¡Ay, esta Missy… lo que es capaz de hacer por llamar la atención! ¿No se ha dado cuenta de que es ella misma, cambiando de color?

– Así es, señora, Missy es muy coqueta, pero si se lo explicaba al doctor, no me iba a creer – dijo la casera, que había entrado con un vaso de agua- . Le debe haber caído bien, si no, hubiera sido más discreta.

De vuelta al recibidor, intentando digerir aquel extraño diálogo y en lo que la asistenta acomodaba de nuevo a la señora, vio asomarse a un gato amarillo, de pechera blanca y ojos dorados. Solo veía uno por vez, pero era absolutamente imposible… la casa era lo suficientemente grande para una tribu y no por eso tenían que coincidir.

– Missy, Missy – susurró alargando una mano.

El minino se le acercó y se dejó acariciar. Alzó los ojos y los fijó en él. Esa mirada… La impresión fue tan fuerte que retiró la mano y se incorporó.

– Vamos Missy, deja tranquilo al doctor – dijo la asistenta y la gata se alejó con la coposa cola alzada- . Menos mal que creyó la explicación porque ahora mismo puede registrar la casa y no verá otro gato. Hay días en que cambia hasta diez veces de apariencia, atigrada, con manchas de tres colores, pelo rizado, tinte de siamés, un ojo de cada color… es una vedette, una diva. Mi versión favorita es cuando se viste de negro, pero eso solo lo hace en ocasiones especiales. Le gusta ser el centro.

No supo que responderle, ¿acaso llevaba respuesta? No volvió a visitar la casa, la anciana falleció a los pocos días y la casa fue cerrada, en espera de unos herederos que jamás llegaron. La asistenta regresó a su provincia antes de que pudiera interrogarla, preguntó a unos vecinos si se había llevado a los gatos y lo miraron sin entender.

Pasaron los años y todavía, cuando el azar lo hace cruzar por delante de la verja, no puede evitar una mirada a su interior, por si entre la maraña de enredaderas que se va apropiando de las ventanas, las columnas y el jardín, logra entrever un par de ojos verdes, cobrizos, azules o dorados.

El enigma de los cuatro gatos lo acompañó el resto de su vida. Nunca supo si fue víctima de una broma de ambas mujeres, si el ama de llaves había hecho creer tal cosa a su patrona para poder alimentar otros gatos sin tener que dar explicaciones, o si realmente Missy, en un arrebato de vanidad, había hecho ostentación de la magia que – como todos sabemos- poseen los gatos.

Marié Rojas Tamayo
https://www.ecured.cu/Marié_Rojas_Tamayo
http://www.redescritoresespa.com/R/rojasTA.htm

Ilustración: Ray Respall Rojas
Acuarela sobre cartulina.
http://kodamaartstudio.cubava.cu/

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Editor

Editor

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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1 respuesta

  1. Viola Cardenas Ruiz dice:

    Preciosa historia, que creo real. Estoy segura de que los gatos, como todo ser vivo, poseen su propia magia, sobre todo la de reinventarse.

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