La casa de mis primeros sueños

HA-23-08-15

Me asomo al patio y veo lo que un cuarto de siglo atrás: alguna que otra gallina picando algo, las dos matas de guayaba, la de anón, la de limón al centro donde mi abuela echaba el agua sucia que quedaba en la palangana después de fregar, la de coco un poco más atrás, junto a la cerca que daba a la puerta donde estaba el pozo grande al que nunca iba nadie; la casucha de la letrina que hacía función también de cuartico de trastes, a la derecha, al fondo, donde di mi primer beso de mocoso a una niña mocosa con la que jugaba a las casitas, y que gustaba de romper mis juguetes preferidos y echarlos a la cazuela donde -como buena esposa imaginaria- me preparaba la cena.

Llego a esta casa, donde nací hace más de un cuarto de siglo atrás, y todo me parece tan lejano, y tan cercano… los mimos de mis madres, dormir con mosquitero y vigilar los huequitos, las ranas saltando en el baño y donde quiera, las hojas de salvia en los pies para la tos, los baños a jarrito, escoger el arroz, las dolorosas curas de empacho de mi abuela y su altar lleno de santos, y el sagrado corazón grande en la pared; el inolvidable olor a velas encendidas.

Recuerdo hasta mis primeros sueños. Había uno recurrente en que caía y caía desde las nubes, acostado como quien disfruta un lindo viaje, y cuando estaba llegando al suelo simplemente me detenía a la altura de una areca sembrada en el jardín, y quedaba allí flotando a un metro del suelo como si estuviera en el espacio, y despertaba.

Esos sueños locos y hermosos provocados seguramente por los jarros de borra de café que me tomaba «a cuncún» a cualquier hora, un café aguado y abundante, bien azucarado, que cuando el hambre apretaba hacía acompañar con pan y resolvía.

«Cielito lindo» en el sillón era uno de mis arrullos favoritos, las arañas los insectos más temidos, correr como si fuera «El Zorro» una de mis manías, empinar papalotes un buen pasatiempo, la media hora de muñequitos en el Canal 6 comiendo la papa uno de los mejores momentos del día, y si era enfrente, en el tv «Krim» ruso de mis tíos (a colores), mucho mejor!!!

Aún oigo el ruido del tren pasando por la línea a solo unos metros -parecía que entraría a la casa- y el olor a caña quemada recién cortada en lo vagones, camino al central.

Esta casita me trae lindos recuerdos, y entre los más bellos está mi abuela María, María como mi hija; mi abuela María, mis diez tíos (sus hijos), mis veintitantos primos,… una enorme cantidad de gente noble, sincera, sencilla, y buena!!!!! con la que me abrazo cada vez que vuelvo a este pueblo, a esta casa y experimento de nuevo el primer amor: el amor a la madre, a la familia, a la tierra, a la vida, esas valiosas posesiones que llevamos con nosotros siempre y son de incalculable valor.

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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1 respuesta

  1. Celia García Dávila dice:

    Luego de disfrutar este paseo a tu lado, me sorprende lo que tu corazón estaba sintiendo. Eres un riachuelo con profundas aguas que ha quedado junto al Pozo de la Finca María Dolores, bien abajo, inagotables y con la dulzura del melao de caña. Lindo, Cielito mío!!

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