Ovnis, un cuento de Marié Rojas

Acabo de recibir este cuento de Marié que he disfrutado mucho, como todos sus cuentos,…pero este de manera especial, porque está basado en hechos reales y porque tiene que ver con unas criaturas que conocí muy bien. Ahí les va OVNIS.

Por Marié Rojas

HECHO LAMENTABLEMENTE REAL, AUNQUE NO LO PAREZCA…

A Raimundo Respall, protagonista involuntario

Un pacífico mediodía de domingo, me encontraba disfrutando de un almuerzo familiar cuando una sombra rauda se coló por la ventana del balcón y siguió vuelo rumbo a los cuartos, lanzando agudos chillidos.
–    ¡Un murciélago! – gritó mi suegro, que estaba de visita.
–    No, fue una mariposa nocturna – aseguró mi  esposo, con aplomo, olvidando que era un bello día de agosto y que las mariposas no emiten sonidos.
–    Es un OVNI – sentenció mi hijo de doce años con la boca llena de pastas, sin estar del todo desacertado, porque volante y no identificado, eso sí lo era.
Yo había visto demasiado colorido y, sin atreverme a asegurar nada, pedí que cerraran puertas y ventanas… La cacería había comenzado. Sin saberlo, me encontraba ante uno de esos momentos trascendentales en la vida de una persona,  aquellos que pueden cambiar su sino.
Luego de casi perder dos dedos, tuve entre mis manos al intruso. Siempre quise tener un pajarito, pero mi esposo no es muy adicto a las mascotas, además de considerarlas una fuente de gastos inútiles. Ahora me llegaba uno bellísimo, completamente gratis… Podía considerarme afortunada. Era – mis conocimientos de ornitología no iban más allá de algunas clases de octavo grado a las que no atendí muy bien – algo muy semejante a una cotorra, aunque más pequeño.
En vistas de que no iba a dejar de picarme cada vez que pudiera, solicité un recipiente para dejarlo, al menos hasta que consiguiéramos una jaula. A falta de otra solución, optamos por vaciar el cesto de la ropa sucia y colocarlo en él. No hizo más que entrar y echó un pequeño recuerdo en el fondo. Luego comenzó a aletear desesperadamente, tratando de salir, haciendo peligrar el equilibro de la cesta, lo que nos obligó a colocarle una enciclopedia encima de la tapa.
Encontrarle una vivienda era urgente. Mi suegro recordó haber escuchado por televisión el anuncio de una feria de aves que iba a tener lugar durante el fin de semana en un concurrido parque, lo suficientemente lejos de nuestra casa como para no poder ir a pie. Terminamos el almuerzo y tomamos un taxi.
En cuanto llegamos, nuestra mirada se cruzó con la de un hombre de mediana edad, rodeado de jaulas vacías y jaulas con pájaros. Muy cordial, nos preguntó qué deseábamos:
–    Una jaula para un periquito – dije, pensando que con esto bastaba.
–    ¿Un periquito australiano?
–    Supongo… – respondí, bastante confundida… así que había diversas especies de periquitos, ¿quién lo diría?
–    Aquí tiene jaulas para escoger, señora – me sacó de mis meditaciones el vendedor -, pero le advierto que si un periquito australiano se trata de criar sin pareja, se muere de tristeza. No por gusto le llaman los periquitos del amor.
Miré a mi esposo con preocupación, no quería ser la culpable de la muerte de mi prisionero, él asintió en silencio. Pero resultó que debía comprar la pareja exacta, pues según el amable expendedor, si colocaba juntos dos machos o dos hembras el efecto era negativo, ¿cómo era que yo no sabía el sexo de mi pajarito? ¡Era muy fácil! Los machos tenían una manchita azulada sobre el pico, que en las hembras era amarillenta, a excepción de la época de celo, en que se tornaba carmelita.
Apenada ante mi suma ignorancia, le conté cómo había llegado a mis manos tan preciado tesoro. La sugerencia fue sencilla: debía ir a buscar el ave, enseñársela, él le determinaría el sexo y me vendería la jaula con la pareja ideal. Eso no estaba en los planes originales. Estábamos a fines de mes, estirando los restos del salario. A la jaula y el pájaro, teníamos que sumar el gasto del taxi, ida y vuelta… Multiplicar esto por dos hubiera sido un derroche, casi costaba tanto como uno de los pajaritos. Mirando mis dedos llenos de picotazos, tuve una brillante idea:
–    ¿Y si nos llevamos la pareja? Si hay dos hembras o dos machos no importa, entre las aves eso no se debe ver mal, pienso yo…
Mi esposo me estaba viendo con aire atravesado cuando el entendido me prometió un descuento, incluido un paquete de comida para mis tres pájaros. Seleccioné una preciosa hembra de tonos marinos y un macho que combinaba el verde con el amarillo de modo envidiable. El vendedor me deseó buena suerte y me monté en el taxi de regreso, prometiendo a mi esposo que podía considerar aquello como el regalo de mi cercano cumpleaños.
Al llegar a casa y destapar el cesto, comprobamos que ni amarilla, ni carmelita, ni azulada: “aquello” no tenía nada en común con las aves que acabábamos de comprar. Tratamos de ponerlas juntas, pero el OVNI la emprendió contra los dos periquitos. Mi esposo propuso ir a devolverlos y quedarnos con la jaula y el desconocido, pero ya mi hijo y yo nos habíamos  encariñado con ellos, además de que sospechaba que no me iban a aceptar la devolución.
Entre chillidos y nuevos intentos de arrancarme un dedo, devolvimos al no identificado a la cesta y decidimos llamar a un vecino que tiene una cotorra vieja, llamada Lola, para que nos dijera si aquello le recordaba en algo a su avecilla. Después de recibir un picotazo en un labio por acercarse demasiado, concluyó que tampoco pertenecía a la familia de Lola. Recordé que mi hermano había sido profesor de biología después de ser fotógrafo y antes de ser profesor de artes marciales y decidí llamarlo, mientras mi esposo se iba en busca de un taladro para colocar la jaula, mascullando que estaba al borde de una crisis de nervios.
Mi hermano, que llegó lo más rápido que pudo en su bicicleta a pesar de la llovizna que había comenzado a empañar el día, estuvo de acuerdo conmigo en que era muy lindo. De algo me sirvió su visita, pues me informó de una tienda recién abierta, muy cerca de mi casa, donde a precios prohibitivos vendían toda clase de jaulas y aditamentos. Tal vez ahí me pudieran informar. Dejando al OVNI bajo la enciclopedia y a los identificados de la sala, salí con mi esposo, sombrilla en mano pues la lluvia comenzaba a arreciar, tras prometerle que no haría nuevos gastos… “Aunque tenga que volver a soltarlo”. Iba a ser una visita meramente investigativa.
Llegamos empapados a la tiendecita, un lugar muy acogedor, donde nos enseñaron un catálogo de aves. Allí nos enteramos de que lo que intentaba destruir nuestro cesto era un agapornis roseicollis – lo llamaremos rosacoli, como lo llamó la dependienta… es más fácil, además de que no sé pronunciar la otra palabra – y que lo de la pareja imprescindible era un truco de los criadores para aumentar sus ventas. Leer en voz alta esta última frase me valió un «¡Te lo dije!» enfurecido… Para que el viaje no fuera en vano, compré una jaulita verde, a juego con el plumaje de mi pajarito, en forma de casa japonesa, algo pequeña – era la más barata – pero suficiente para alguien que estaba destinado a quedarse sin conocer el amor.
– Como si le tenemos que poner un espejo, para que se enamore de su imagen como Narciso, pero ni uno más, ya has hecho bastante por complacerme – le repetí a mi media naranja mientras añadía a la factura otro paquete de comida para aves, un bebedero y un ejemplar del catálogo, para evitar nuevas equivocaciones.
Tranquilicé sus alterados nervios asegurándole que con eso me había hecho el regalo de fin de año. En casa, taladro en mano, después de haber consultado con mi hijo un libro de Tolkien, empezamos a buscar en qué pared se vería mejor Bilbo, que no paraba de escandalizar desde su nueva casita, mientras Gandalf y Galadriel nos miraban de reojo, pensando en las vueltas que da el destino.
Cualquier historia normal terminaría ahí, con las dos jaulas adornando mis paredes… Pero debo ser fiel a la verdad, que supera en ocasiones a las más disparatadas fantasías: Una semana después, mientras comíamos los espaguetis de cada domingo con mi suegro como invitado, se coló otro objeto volante no identificado por la misma ventana. Repetí la cacería, ahora con más experiencia. Con el feliz saldo de un solo dedo afectado, pude dar captura al recién llegado.
Lo primero que hice fue cerciorarme, con la ayuda del catálogo, de que tenía en mis manos a un rosacoli verde olivo de cabeza color melocotón. Mi esposo, viendo al fin alguna ganancia, me trajo la jaula diciendo que si cada domingo entraba uno, pronto estaríamos en la feria… del otro lado del mostrador. Mas su expresión facial cambió, pues fue evidente que la jaula, ya de por sí reducida para Bilbo, era imposible como habitáculo para él y para Frodo. Esta vez mi suegro insistió en que no se perdía el paseo. Terminamos de comer y jaulita en mano, nos encaminamos a la feria, que ahora se había trasladado para un sitio más cercano a donde llegamos, sudorosos, sedientos y cansados, una hora después.
Nos abordó una señora canosa, que nos felicitó por nuestros pájaros – si me descuido, mi media toronja se los vende -, insistiendo en que el último al que tratábamos de dar hospedaje era una rareza, incluso para criadores. Nos vendió una jaula ideal para los dos, que le agradecimos comprándole un canario de expresión apacible, la transacción ideal para no quedarnos con la casita japonesa vacía. Esta última adquisición fue mi propuesta como regalo del día de los enamorados del año siguiente, aunque a esas alturas no estaba muy segura de llegar casada a la fecha. (Mi suegro se quedó en la feria, le escuchamos hacer una  invitación a la vendedora para que lo acompañara a tomar helado, quejándose de que con el revuelo del nuevo OVNI habíamos olvidado brindarle el postre).
Viviría muy feliz con mis rosacolis y mis periquitos, que me regalaban cada mañana, cada tarde y cada noche un concierto impetuoso de silbidos inconexos, y mi canario que jamás cantó, pero mi ginecóloga me tenía preparada una mejor noticia: ¡Íbamos a ser padres de nuevo! Pero – todo tiene un pero en esta vida – tenía amenaza de aborto y estaba obligada a guardar reposo absoluto.
¿Quién cuidaría a mis aves? Mi hijo se estaba preparando para las pruebas de ingreso a la escuela de arte y lo usó como argumento para no asumir la responsabilidad. Ante la negativa de mi esposo, que tenía bastante con los quehaceres del hogar, vi como partieron mis amigos.
Bilbo y Frodo, se fueron con mi hermano, que cuando se separó de la novia se los dejó a modo de desagravio. A Galadriel y Gandalf se los llevó mi suegro, que pronto se cansó de sus chillidos y de los cuidados que exigían y se los dio a una vecina. El canario, que nunca supimos si era hembra o macho, o si era sordomudo, fue el obsequio que le hice a la ginecóloga, que al cabo de nueve meses colocó en mis brazos a la preciosa Sarah Graziella.
Diríase que podía haber cerrado la historia con broche de oro, no se puede pedir más a la vida… Pero entonces no entenderían por qué he sentido necesidad de sentarme a escribir. Desde las remotas clases de piano de mi infancia, mover compulsivamente los dedos calma mis nervios de un modo increíble:
Esta mañana, cuando me disponía a encender las velitas del tercer aniversario de mi hija – relegada al olvido la epopeya OVNI -, tocaron a la puerta con insistencia. Al abrir, vi a mi hermano con expresión culpable, portando una enorme jaula desde la cual me miraba con sorna un ave blanca con cresta amarilla.
–    ¿Un lorito para la sobrina? – pregunté con sonrisa de compromiso, mientras mi esposo comenzaba a golpearse compulsivamente la frente contra las paredes.
–    ¿Cuándo vas a aprender algo de aves, mi hermana? ¿Para eso te compraste un catálogo tan caro? Esto es un cacatiyo, es manso y amistoso, capaz de aprender a silbar melodías complejas. Por cierto, requiere muchos cuidados, es hijo del campeón nacional de su especie – mientras hablaba iba introduciéndose en mi apartamento, a pesar de que le había colocado el pie para que no lo hiciera.
Cuando mis hijos lo vieron, no hubo remedio. Juraban que lo iban a alimentar, sacar a tomar aire, cambiarle el agua, mientras daban saltos alrededor de la jaula y abrazaban al tío. Detrás de mi hermano entró sonriente un  muchacho, portando un pedestal de hierro, mas al ver mi expresión y contemplar a mi esposo con sus cabezazos, se le congeló la sonrisa, soltó el armatoste y optó por esperar afuera.
Y heme aquí, lector… con el nuevo huésped colocado en el medio de la sala, esperando un consenso familiar que le otorgue un sitio definitivo. Mi esposo anda con una bolsa de hielo en la cabeza, mis hijos tratan de meter los dedos por las rejillas, mi suegro pregunta si por fin nos vamos a comer el pastel, porque tiene que ir a resolver algunos asuntos y a él le gusta el postre, el vecino asoma la cabeza para ver el espectáculo… ¿Y yo? Armada de una suerte de iluminación interior consigo, en medio de este maremágnum, recordar la última frase de mi hermano, que se marchó a toda prisa, aprovechando nuestra estupefacción:
–    Lo más importante de todo: No discutan en su presencia. ¡Los cacatiyos pueden padecer de estrés!

Marié Rojas Tamayo
Nota de la autora: jamás intenté averiguar los efectos del estrés en un cacatiyo.
(escrito en el 2002)

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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