La princesa y el caballero (21-07-11)

Publicado por Iskra

Escrito por Marié Rojas

Era un mendigo muy conocido en la capital. Sus desandares por las calles habaneras eran parte de la vida cotidiana, pero ella no lo sabía. Cuando lo vio en la puerta de su casa, con la mano extendida, corrió a refugiarse entre las faldas de su madre. Ella la tomó de la mano y la llevó junto a él.

– No temas, Flor, es nuestro amigo El Caballero.

Él hizo una elegante reverencia y se sacó una flor de la manga, “como tu nombre”, le dijo obsequiándosela con una sonrisa. Ella sonrió, sin miedo, la amistad quedó sellada. El Caballero iba a verla a la escuela. Lo dejaban sentarse a su lado en el banco del patio, bajo un árbol, mientras la maestra buscaba alguna cosilla para obsequiarle, una golosina, un pan… Él nunca pedía, pero aceptaba gentilmente cualquier regalo, obsequiando a su vez flores silvestres o periódicos viejos.

Ella creció a su sombra, escuchando cómo vino de París, donde era “miembro de la corte, llegué navegando en una cascarita de nuez”; de la novia que dejó allá, con los ojos tan azules como ella, “eres princesa, por eso tienes los ojos color del cielo, a tu lado hay tres haditas que te protegen, son gorditas y pequeñas como duendes, pero tienen alas, ¿no las ves?”… Con un viejo mazo de barajas, le enseñaba a develar los enigmas ocultos en las imágenes.

Un día le llevó dos estilográficas con baño de oro, en estuche de lujo. Nunca robó, no se sabe de dónde sacó tan valioso objeto.

– Toma, Princesa, esto es para que nunca te falte el amor – señaló la mayor -, si eres amada y no correspondida, escribe una carta de amor con ésta. Cuando quieras olvidar, una carta de desamor con la otra. Nunca te desprendas de ellas.

Terminada su educación primaria, la familia se trasladó de municipio… Pasados los años, casada y madre de un hijo, leyó en la prensa que el Caballero había concluido sus pasos en el hospital psiquiátrico, donde lo habían despojado de su vieja capa y su larga trenza blanca. No lo pensó dos veces, fue a verlo.

Tuvo que pedir autorización al director del hospital, pues él no tenía familiares y, escudándolo de los curiosos, le habían prohibido las visitas. “Puedes pasar a verlo, pero no reconoce a nadie”. Lo distinguió con facilidad. Estaba sentado en un banco, a la sombra de un árbol. Se sentó a su lado, en silencio… Pasados unos minutos, elevó una mirada cansada, perdida, que se detuvo en ella.

– ¡Tú eres la niña de los ojos azules!

Y recomenzó la interrumpida historia de su navegación en cáscara de nuez, de la novia que dejó en las cortes… Ocultas entre las frondas, tres haditas sonreían.

Marié Rojas
(basado en una historia real)

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Editor

Editor

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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1 respuesta

  1. JESUS GARCIA CLAVIJO dice:

    gracias, belllo.

    jesus garcia clavijo 🙂

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