Amor de duende, por Lilo (11-02-11)

duendeDe la serie: El duende Miguelito

A Nelly por la idea y por recordarme que Miguelito existe. 

Gracias amiga-duende

Llevaba semanas inquieta. Ni los sabrosos dulces de la abuela Aurora, ni las lecturas comentadas de papá y mucho menos el dale que dale de mami, por las cosas dejadas desordenadamente, en el lugar que no les correspondía, lograban que me tranquilizara o pensara en algo que no fuera esa inquietud, que me venía de muy adentro.

Como desde que Miguelito se fue a Dandovueltas, no tenía con quien conversar, decidí empezar a escribir todo lo que me sucedía, en la casa, en la calle, en la escuela, con los vecinos y hasta con mi sombra, que estaba medio inconforme porque según parece he aumentado unas libras de peso. Pero mi diario, que ese es el nombre que lleva, sólo recibe lo que escribo. No responde, y entonces es como si hablara sola. Debo estarme poniendo vieja, como mi primo Javier. Así dice tía  Cristina, su mamá, una señora de lo más ocurrente y contenta, cada vez que ve a mi primo de ocho años formando pleito consigo mismo, cuando no consigue lo que él quiere. Más que viejo a mí me parece medio loco, y yo debo andar por el mismo camino.

El caso es que a mi inquietud, se le sumó un salto en el pecho. Por todo brincaba, y no precisamente porque tuviera hipo. Además, eso lo hubiera resuelto con un hilito en la frente, tres buches de agua y el nombre de tres viejas chismosas de mi barrio, lo que no sería muy difícil. Todavía recuerdo la que se formó aquella tarde en que Miguelito y yo nos abrazamos en medio del parque y salimos corriendo tomados de las manos. Esa vez pensé que me moría o me iba a convertir en una mata de melón, porque me había tragado montón de semillas. Empecé a llorar, y como siempre sucedía cuando las cosas no andaban bien conmigo, ahí mismo se apareció mi duende, para explicarme que no me pasaría nada, y que si alguna vez me fuera a convertir en planta, sería en una mata de rosas…Qué dulzura. Tuve que abrazarlo con todas mis fuerzas y algo que todavía no sé explicar, se apoderó de ambos y salimos corriendo, apretadas las manos. Cuando llegué a mi casa, abuela Aurora, con esa voz de almíbar que tiene, me preguntó cómo se llamaba el muchacho con el que andaba de puro cariño en el parque. Me quedé tiesa. Hasta donde yo sabía a Miguelito nada más puedo verlo yo, o podía, porque aquella tarde alguien más pudo hacerlo.

Pero de eso hace ya un tiempo. A veces quisiera estar dormida y que al despertar  esa carita-corazón me estuviera contemplando, y con una sonrisa que le robe todo el rostro me dijera: “Mira Celia, ya volví. Es que no puedo estar sin ti”. Otras veces he imaginado lo feliz que me pondría si al llegar de la escuela, me encontrara en mi ventana  unos ramitos de romerillo y nomeolvides. Desde que Miguelito no está, nadie me regala flores. Creo que a nadie le importo como a él.

Por eso, cuando hace unos días Dorita vino con aquella postal, a la que todo le empezó a dar vueltas fue a mí. Soy muy buena leyendo, y juro que de repente las letras me bailaban delante de la nariz, confundía los sonidos, olvidé si la H sonaba o era muda de nacimiento. Dorita me miraba como el que mira a un marciano que acaba de salir de una lata de sardinas. Me di cuenta, y muy cariñosa le agradecí el detalle, despidiéndome con una mala excusa:”Dory, te veo luego, tengo que cepillarme los dientes”. Salí  a tanta velocidad, que al pasar por el lado de mi papá, escuché que le preguntaba preocupado a la abuela Aurora: “Vieja, ¿ya no pasamos la temporada ciclónica?”, pero claro yo no iba a detenerme para aclarar nada. Llegué a mi cuarto, y como si fuera un canguro salté a la cama. Me metí debajo de la sabana, y con mucha calma, aunque el corazón lo tenía a punto de vomitarlo, si no cerraba bien la boca, leí. Leí una, dos, tres, cinco, ocho veces. Quería aprenderme de memoria lo que estaba escrito en aquella postal. Y pude lograrlo, pero preferí no hacerlo, para verme obligada a tocar ese pedacito de cartulina que olía a romerillo, mezclado con nomeolvides. Y aunque no le pregunté a Dorita, apuesto mis sueños de niña a que sé quién escribió estas palabras:

“Cada vez que puedas hazle un desfalco al alma y desamarra los nudos que atan la fantasía. Siente el trino del niño que llevamos dentro. Amemos como los duendes”

Lilo


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Editor

Editor

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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1 respuesta

  1. Amig@s comentan dice:

    “Cada vez que puedas hazle un desfalco al alma y desamarra los nudos que atan la fantasía. Siente el trino del niño que llevamos dentro. Amemos como los duendes”
    Me quedo con esta frase increíblemente hermosa, por lo menos hoy varios nuditos se me han safado del alma y he fantasiado, contigo Lilo.

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