Amelia, por Marié Rojas (17-10-10)

Marié nos envía este texto suyo, -desde el corazón-.

         No debí reírme de las obsesiones del viejo Jordán. Se tornó el centro de mis bromas diarias, sin mala intención, el ser humano es así, cruel por naturaleza; no tengo culpa si el viejo parecía ser la bondad en persona y jamás respondió con mal tono a mis preguntas.

         Cuando pasaba por su portal, al regreso de la oficina y lo veía sentado en el sillón, en perpetuo monólogo, la vista fija en el suelo, en las flores, en un libro, en el sombrero que dejaba descansar en sus piernas… le preguntaba: “¿Cómo está Amelia hoy?” o “¿Cómo está su señora hermana?” y él me respondía sin falta: “Muy bien, gracias, que Dios lo bendiga por su interés”… Había variaciones, Amelia estaba interesada en las orquídeas del jardín, en tal poema que acababan de leer, o estaban riendo de un chiste. Eso era todo, seguía mis pasos sin más.

         Dicen que su hermana, bella y delicada como una flor, murió cuando eran jóvenes, pero él insiste en que ella encontró el modo de vencer a la muerte y siempre va con él; le habla sin parar, ya sea caminando por la calle o en las tardes en el portal. Imagino que dentro de la casa será lo mismo.

         Un día hice el cuento en la oficina, no me quisieron creer, así que los reté a que me acompañaran. Me siguieron, picados por la curiosidad. Llegamos junto a la reja y lo llamé: “¡Jordán! ¡Aquí traigo a unos amigos que quieren saludar a usted y a su hermana!». Él se incorporó, con su lentitud de octogenario. Llegó pausadamente junto a nosotros y me dijo:

–         Encantado de conocer a tus amigos, pero deben disculpar a mi hermana, hace tiempo que decidió que no quería ser vista por extraños, siempre fue muy tímida, sólo habla conmigo… espero que nos entiendan.

         Mis amigos quedaron esperando alguna frase de esas que yo comentaba, pero el viejo quedó mirándome fijamente. Los otros se marcharon, comentando que yo era un exagerado y ahí no había espectáculo que admirar.

        Entonces sucedió: Apenas un relámpago.

         Mi madre dice que fue una libélula, mis compañeros se burlan de mí, mi esposa me ha dejado de hablar, mi suegra me ha traído a verlo… Y usted es mi última esperanza de ser creído.

         Al quedarnos solos, levantó el sombrero del viejo y me miró desde debajo de él, con esa expresión que suma tantas cosas innombrables… Un abrir y cerrar de ojos, pero aún conservo la imagen de su rostro dotado de una perfección solo antevista en las pinturas del renacimiento: la profundidad de sus ojos verdes, los rizos de sus largos cabellos cobrizos, su palidez, su levedad, su sonrisa, la magia que la envolvía, la delicadeza de sus manos, la suave transparencia de sus alas doradas…

          Un segundo basta para cambiar la eternidad.

         Jordán ni siquiera lo notó, fue lo peor de la broma cruel que me jugó el destino. Tan amable como siempre, me hizo una señal de despedida y regresó a su sillón.

         Y ahora heme aquí, intentando ser creído al menos por usted, doctor. Acostumbrado como está al contacto con toda suerte de imaginerías habrá aprendido a diferenciar la fantasía de la realidad.

         No se puede sentir tanto por alguien creado por nuestra imaginación, y yo amo, yo solo puedo amar, yo amaré siempre a Amelia.

Marié Rojas Tamayo

 


osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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