A cazar al cazador (02-09-10)

Después de un largo recorrido por las lomas y las cuevas de aquella zona, donde visitaban muchos campistas, los exploradores notaron que en el suelo habían algunas ramas que, indiscriminadamente, habían sido cortadas por algunas de esas personas que no cuidan la naturaleza.

–          Si yo cojo al que hizo esto le doy un trompón por el tronco de la oreja – dijo el mambisito mostrando gran indignación.

–          No se trata de entrarle a golpes, aunque se lo merezca – le respondió la maestra, alegando que lo importante era saber quien fue y hacerle ver el daño que hacía con eso.

El mambisito y dos pioneros más comenzaron a secretear, y luego se dirigieron a la maestra.

–          Seño ¿por qué no recogemos las ramas y hacemos un pila con ellas, para que no se vea tan feo el campo?

–          Está bien – le respondió la maestra, que aunque no lo consideraba necesario, quiso respetar la iniciativa de aquellos pequeños soldaditos.

El mambisito, Alain y Daniel comenzaron a recoger ramas, pero intencionalmente se iban alejando cada vez más rumbo al lugar donde pensaban se encontraba el infractor.

Efectivamente, a unos 200 metros del camino, detrás de un matorral, un individuo había hecho una caseta con ramas cortadas de aquellos árboles  que con tanto empeño cuidaban todos. Allí vieron, además, tres jutías enjauladas, una de ellas con la pata ensangrentada.

–          ¿La caza de jutía no está prohibida? – preguntó el mambisito.

–          Sí – respondió Alain, y agregó – la seño dice que ésta es época de veda, así que el que la cazó está cometiendo tremendo delito.

–          Pues hay que agarrarlo – respondió muy decidido Daniel.

–          Vamos a decírselo a la seño – propuso el mambisito.

–          Mejor no le decimos nada por ahora – dijo Alain , y agregó – vamos a soltar a estos animalitos y luego vigilamos al hombre malo.

Ya libres las jutías, los tres pequeños decidieron regresar al grupo, y finalmente al campamento, pues ya estaba oscureciendo.

Después de comer, el grupo se reunió alrededor de una fogata preparada cuidadosamente, y comenzaron a cantar.

El mambisito, Alain y Daniel se fueron para su cabaña y comenzaron a planear lo que harían más tarde. De pronto, Amanda y Claudia, dos pioneras miembros de aquella tropa, entraron en la cabaña.

-Oímos muy bien lo que están planeando y queremos ir con ustedes – dijo Amanda señalándolos con el dedo amenazadoramente.
-Que va, si ustedes van con nosotros el hombre se nos escapa – le respondió Danielito y agregó – ustedes las mujeres no sirven para eso.
-En primer, lugar estás muy equivocado con nosotras, pues muchas veces hemos demostrado que somos tan capaces como ustedes – le respondió Claudia, y agregó – además, si no nos dejan ir, se lo decimos a la seño, pues eso que van a hacer es muy peligroso.
-Por eso mismo es que no queremos que ustedes vayan, para que no corran peligro – les dijo Alain, pero finalmente aceptó que participaran, y les explicó el plan, puntualizando lo que debía hacer cada uno.
-A ustedes les toca vigilar mientras nosotros entramos a la guarida del cazador – les dijo Alain a las niñas.

Linterna en mano, y cada uno con una soga, salieron silenciosamente por la parte de atrás del campamento, para no ser vistos por la maestra y los demás, y se dirigieron hacia la caseta del cazador.

Cuando estaban cerca del objetivo, el mambisito sacó de sus bolsillos la pistola de agua y el cuchillo de goma. Los demás no pudieron contener la risa, pero fueron regañados por Alain.

–          Esto no es juego, y si el hombre nos oye, se escapa – aceveró Alain, quien aprovechó para decirle al mambisito que era mejor que con una de las niñas se quedara vigilando un hombre, y que debía ser él que estaba armado, y que Amanda entrara con ellos.

Los tres valientes muchachos entraron, soga en mano y con el lazo preparado, en la caseta, donde encontraron al hombre acostado boca arriba, pero dormido profundamente, lo que facilitaría la operación.

Mediante señas, Alain le indica a Daniel que vaya por el lado derecho y a Amanda por la izquierda, que él se encargaría de los pies.

–          ¡ Ahora¡ – gritó Alain, y a gran velocidad, los tres pioneros enlazaron al cazador por pies y manos, pero mientras Amanda y Alain lograron inmovilizarlo, Daniel no tuvo tiempo de atar la soga, por el otro canto, al tronco del árbol que servía de columna a la caseta.

Se armó gran tropelaje  y la situación se puso tensa. Por un lado, el cazador tratando de librarse, y por el otro, los tres pioneros halando por la soga que amarraba su mano izquierda para atarla al tronco y evitar que se soltara.

Claudia y el Mambisito, percatados del peligro que corrían sus compañeritos, decidieron actuar.

–          Corre a avisarle a la seño y a los demás, mientras yo ayudo- le dijo el Mambisito a Claudia, y pistola en mano, entró sin mostrar miedo.

–          ¡ No te muevas, hombre malvado, si no quieres que te eche un chorro de gasolina en los ojos¡ – le dijo el mambisito al cazador mientras le apuntaba con su pistola a la cara.

–          ¡No, por favor, que si me echa eso en los ojos me deja ciego¡ – gritó el cazador, quedándose quieto por un instante, dándole tiempo a los demás para que ataran la soga al tronco.

–          ¿Qué piensan hacer conmigo mocosos? – preguntó indignado el cazador.

–          Estos mocosos como usted dice, somos de la tropa de Elpidio Valdés, y no vamos a permitir que personas como usted sigan dañando a la naturaleza- le respondió Amanda.

–          Está bien, eso no es bueno, pero tampoco lo es jugar con gasolina, que puede ocasionar un incendio en el monte – dijo el cazador a modo de justificación.

El Mambisito, sintiéndose aludido, le apuntó a la cara y disparó un chorro líquido.

–          ¡Es agua, condenado¡ – gritó el cazador y agregó – me engañaste como a un niño.

–          Claro que lo engañé, porque las personas que hacen esto, de cazar a los animalitos protegidos y dañar la naturaleza, además de cobardes son torpes – le respondió el Mambisito.

En ese momento, la maestra y dos compañeros más, junto al resto de la tropa meñique, llegaron portando palos y machetes.

–          No se preocupe, seño, que ya todo está bajo control – dijo el Mambisito, que permanecía con la pistola de agua en mano.

Los dos maestros se encargaron de atar bien al cazador y luego se lo llevaron a la unidad.

Ya en el campamento, la maestra conversó con los pioneros, haciéndoles ver el error de haber actuado solos, por el peligro que corrieron, al tiempo que destacaba su valentía y el bien que hicieron a esta sociedad al cazar al cazador.

Al Mambisito, por su parte, le reconoció su inteligencia y valentía, por la forma en que engañó al cazador, posibilitando así que fuera totalmente inmovilizado.

–          Si yo hubiera fallado, como le pasó a Daniel al amarrar al cazador, se hubiera escapado, así que queda demostrado que las mujeres si podemos y a veces somos mejores – dijo Amanda.

–          Si no hubieran actuado como lo hicieron, todos juntos, el hombre se hubiera escapado- concluyó la maestra, y agregó – recuerden que en la unión está la fuerza, y por eso, este pueblo es invencible.

Luis P. Matos Hernández
19 de abril del 2002
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José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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