FANCY QUIERE VOLAR (10-04-10)

Un cuento de Marié Rojas, amiga escritora, desde el corazón.

        En realidad se llamaba Patricia, pero hubo en el Acuario Nacional una foquita famosa, que hacía piruetas y se hizo muy popular entre los niños, a la cual llamaron Fancy. Según decían, recordaba en mucho a esa niña que una vez se llamó Patricia. Al principio le gritaban: “¡Fancy, foca!” “¡Fancy, gorda!” “¡Fancy, pelota!”… Poco a poco se fue quedando nada más en Fancy.

         Cuando la llamaban así, no se molestaba. Ni siquiera le preocupaba su parecido con la foca – color de la piel, peso corporal y hasta algo en la nariz… -, porque en la clase de inglés se enteró de que Fancy quería decir muchas cosas lindas:  preciosa, primorosa, fantástica, fina, ¡fantasía!… ¡Mira lo que le estaban diciendo sin saberlo los que le gritaban! Estaba tan orgullosa de su nuevo nombre, que hasta firmó una vez un examen de ese modo, por suerte la maestra se dio cuenta y se lo devolvió para que hiciera la corrección. Hasta la abuelita le decía: “Estás preciosa, Fancy”, y ella se sentía feliz.

         Pero Fancy también significa “imaginar”. Llevaba la razón al adoptar gustosa el apodo, porque ella tenía un sueño, de esos que se sueñan despiertos, en medio de las clases, de los que se colocan entre los ojos y las pantallas de televisión o los libros abiertos, entre ella y la maestra, la mamá, y hasta de los niños que no querían jugar con ella porque era lenta, lenta, lenta en sus movimientos y siempre la pelota se le iba.

         Fancy quería volar.

         Un día, mientras volaba en su imaginación, escuchó al narrador de un documental decir algo que llamó su atención: Aquel señor decía que no hay sueño imposible, solo hay que trabajar mucho para lograrlo, imaginarlo una y otra vez. De este modo se le va dibujando en un mundo paralelo, definiendo sus contornos como el pintor que va llenando el lienzo y, al final, como el pescador que tiende las redes y tira de ellas, se le iba acercando a este plano,  llamado “realidad”, donde vivimos y nos movemos cada día.

         Ella no era tonta, sabía que no le iban a crecer alas así porque sí. No era un ángel, ni un hada, ni un elfo – ¡con aquella figura! -, y sabía que aunque se envolviera en seda durante muchos días, no iba a salir convertida en mariposa. Entonces tuvo una genial idea: Primero a escondidas, luego a ojos vistas, comenzó a construir diferentes artilugios que la ayudaran a volar. Con ellos subía al tejado de su casa, que por suerte no era muy alto, y se lanzaba.

         Las primeras veces que la recogió entre los maltrechos canteros de flores, la mamá pensó que se quería suicidar: “No le hagas caso a los niños que te dicen cosas, mi niñita, tú eres linda así”. Ella tuvo que aclararle que se encontraba muy bonita, con su cara y su cuerpo redondos, su piel oscura, lisa y brillante y su naricita respingada. ¡Solo estaba intentando volar!

         La llevaron a un psicólogo que le hizo dibujar un aeroplano y reconocer que la ley de gravedad existía, y que se las devolvió diciendo con aire muy doctoral: “Despreocúpense. La niña solo tiene una desbordante imaginación”.

         Y Fancy siguió construyéndose aparatos para intentar volar, alas de varios tamaños, tipos y colores, viejas bicicletas con alas, capas con alas, carriolas con alas, cazuelas con paracaídas, y más alas… La mamá terminó renunciando a sus marpacíficos y colocando un colchón viejo debajo de la parte por donde ella se lanzaba, siempre mirando al mar – a saber por qué -.

         Eso hizo que casi le cambiaran el nombre por “Fancyquierevolar”, pero como ella no pareció molestarse, se olvidaron pronto.

         El día que cumplía 15 años, con el fotógrafo cargando el rollo en la cámara, la mesa puesta en el patio con un cake y varias bandejas con delicias para picar, el enorme vestido de vuelos (parecía la carpa de un circo) esperándola en un perchero, la peluquera con la pamela y la plancha para estirarle el pelo en las manos, se descubrió que Fancy no estaba en casa.

         Iban a comenzar a buscarla cuando alguien gritó “¡Tornado!” Y se vio venir por el mar un remolino en forma de embudo. Todos corrieron a esconderse y a guardar la mesa, los bocaditos, la ensalada, las croquetas y el cake – Fancy no era la única que pensaba primero en la comida -, pero cuando cerraron la casa y recordaron que Fancy no estaba con ellos, volvieron a abrir una ventana, la que daba al lugar desde donde se lanzaba (no pensaron que fuera a saltar justo el día de su cumpleaños, ¡pero tratándose de ella!). La mamá, aterrorizada por lo que se veía acercase a la línea de la costa, gritó: “¡Muchacha, baja y déjate de fantasías, madura así sea por una vez en tu vida!” Pero la abuela alzó el brazo y, con los ojos y la boca como platos, señaló un punto pegado a la línea en que el mar se une con la arena:

         Allá iba Fancy, con su nuevo modelo de alas pegado a la espalda y los brazos, corriendo al encuentro de la tromba marina.

         Por más que gritaron todo género de disparates, no les dio tiempo a hacer nada, ni siquiera a inmortalizar el momento porque el carrete se trabó en la cámara: Fancy fue atrapada por el tornado, abrió las alas y alzó el vuelo.
 
         Y el viento se la llevó. Nunca más se supo de ella. Solo recuerdan su manita regordeta diciéndoles adiós y su rostro, feliz, tal como lo vieron cuando la tromba se acercó un poco más, como para permitirle despedirse de los que no la creyeron capaz de hacer su sueño realidad. Ahora Fancy vuela por el mundo, girando, girando como una bailarina y, como siempre, no cree mucho en la ley de gravedad, ni en los que dicen que las gorditas no pueden ser felices así como son, mucho menos en los que aseguran que no pueden volar.

Marié Rojas


osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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