EL VUELO DE WIMPI (28-10-09)

Por Marié Rojas

Para Manena y Bari Enseñat Ribas
 
Una libélula dorada de alas enormes penetró por la ventana y revoloteó alrededor de la cama, anunciando que algo importante iba a ocurrir ese amanecer.

–  Wimpi, ¿eres tú? – preguntó Manena, llena de esperanzas, y salió tras ella.

La mañana anterior había sido muy triste, cuando fue a la jaulita de su periquito verde la encontró vacía y con la puertecita cerrada. Parecía cosa de brujas, pero la mamá razonó – las madres son muy inteligentes y encuentran explicación para casi todo -, al parecer la puerta había quedado mal cerrada, entre empujoncito y empujoncito, Wimpi había logrado colarse al mundo de afuera y su salida había vuelto a disparar el cerrojo, dejando la puerta como si nada hubiera pasado… ¡Pero al final seguía pareciendo cosa de brujas!

Lo buscaron por todos lados, dentro y fuera de la casa, en el jardín, en el patio, hasta en el enorme almendro que florecía a la entrada… nada, ni rastros del periquito. Entre lágrimas que no podía ocultar, Manena había pedido permiso para salir a comprarse una paleta de chocolate. En realidad quería visitar a la gitana que se sentaba en el parque a leer la fortuna, pero no quería confesarlo.

– ¿Cuánto me cobra por una pregunta? – le soltó a bocajarro, más por timidez que por falta de educación, no sabía cómo dirigirse a una persona capaz de ver el pasado, presente y futuro.

– Buenos días, preciosa – le respondió la gitana -, una sola pregunta puede tener muchas respuestas, el precio depende de la importancia de la pregunta, y del tamaño de la contestación.

– Mi pregunta es vital… pero la respuesta es bien corta, solo necesito dos oraciones, tres a lo sumo…

– Entonces tal vez te responda sin cobrar – la gitana sonreía y la miraba al fondo de los ojos… ¿por qué insistía en ponerla más nerviosa de lo que estaba? -, solo debes prometerme no llorar más…

– Lo prometo – Manena levantó dos dedos haciendo una cruz y se los besó, como había visto hacer en una película.

– ¡Excelente! Ahora puedes hacerme la  pregunta.

– Por favor, señora… ¿Dónde podré encontrar a Wimpi, mi periquito verde?

La respuesta le había causado mareo, de tanto pensar en ella: “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.

Manena había pasado el día escrutando las nubes: vio cocodrilos, llaves, guitarras, muchos barcos, una ballena, un oso, una cuna… pero ninguna nube le recordaba a su periquito… ¿Se habría transformado en flor? Salió al jardín, buscó en el parque, pero su amiguito era completamente verde y todas las flores estaban adornadas de colores.

Pensando en el enigma que no lograba resolver, la sorprendió la noche y con ella llegó el sueño, hasta que el zumbido de la libélula le ayudó a abrir los ojos… era dorada y no verde, es cierto, pero de seguro intentaba decirle algo. Siguiéndola llegó hasta la arboleda que crecía detrás de la casa… Miró de nuevo las nubes, las flores, las verdes hojas de los árboles… y ahí, escondido entre las frondas, le pareció distinguir el brillo de unas plumitas del mismo color.

Silbó, como hacía cada mañanita antes de salir para la escuela y Wimpi revoloteó hasta una rama más cercana, respondiendo a su saludo.

– A partir de ahora me vas a encontrar aquí, sólo tienes que venir a visitarme – parecía decirle con sus ojitos negros y redondos como botones.

Manena disfrutó un ratito más de su presencia, hasta que llegó el momento de la despedida. Ella debía volver a casa, Wimpi a sus frondas… “Encontrarás a Wimpi, pero ya no será el mismo de antes”.

Tenía razón la gitana, ya no era un periquito prisionero, era un periquito feliz.


 

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Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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