“Un unicornio en el patio” (09-07-09)

De las travesuras del duende Miguelito, otro cuento más de Lilo.

Miguelito nunca había estado en la finca de Pablo Enrique, mi gran amigo, y Pablo Enrique sólo me había escuchado hablar de Miguelito. Así y todo, ellos sentían que podían ser muy buenos amigos. Los dos me quieren mucho, y yo los quiero mucho a ellos: a Miguelito como al duende de mis sueños y a Pablo Enrique como al hermano varón que no tengo, porque mami y  papi se encapricharon en tenerme solo a mí, para “dedicarse en cuerpo y alma”. Todavía no sé a quién, porque a mí no ha podido ser, por el ajetreo que siempre tienen con sus labores, aunque es muy cierto que su cariño ni lo disimulan ni lo disfrazan, pero yo quisiera un poquito más de su tiempo…

Por fortuna tengo tres suertes:
La primera, tener a una abuela que se llama Aurora, que hace un dulce de leche para chuparse los dedos, con sabor a “gloria”. La segunda, poder contar con Pablo Enrique, lo necesite o no, y aunque vivimos distantes, nunca nos sentimos lejos. La tercera, bueno, esa deben imaginarla: ser la niña de un duende que me sabe de memoria, y que le pone colores a mis días con ramitos de flores silvestres.

Un día se me ocurrió que al menos mi segunda y mi tercera suerte podían conocerse, y yo tendría una suerte mayor. Por eso, como el que no quiere las cosas, queriéndolas mucho, invité a Migue a visitar la finca donde vive Pablo. Las clases habían concluido y recordé que allí entre palmas, con el río cerca y las carcajadas de la tía Tere, se pasa de maravillas. A Miguelito no se lo  tuve que decir dos veces. Él mismo llegó primero que yo, que aparecí un ratico después, cuando mi papá pudo llevarme.

El encuentro fue por la tarde, ! y sí que fue una sorpresa! Aunque no la única de ese día. Mis compañeros se hicieron amigos con solo mirarse. Creo que ya se conocían de tanto hablarles a uno del otro, y al otro de uno. No sé bien ni porqué, pero al mismo tiempo se me acercaron y dejaron en mis mejillas par de besos que olian a guarapo.

Fue entonces cuando sentimos un ruido, como una inquietud arrebatada que salía de los matorrales que nos quedaban a un lado del camino, donde estabamos. De pronto aquello se tornó incontrolable, y yo salí disparada a refugiarme en los brazos de Miguelito, que parecía que me protegía hasta de los rayos del sol. Mientras Pablo se aproximaba poquito a poco al montecito de hierbas; iba con cuidado pero sin miedo porque ya habíamos escuchado unos relinchos:
-Es ella, Celia!- exclamó feliz-Mira Migue, es mi yegua Estrellita. Acaba de tener a su potrico. Vengan, vamos a ayudarlos-insistió.

Si les digo que lo visto esa tarde es de las cosas más lindas que guardo como un buen recuerdo, tendrán que creermelo. Allí, con mucha paciencia y cariño, estaba la yegua alazana, pasando su lengua al potrillo, para que no luciera desaliñado ante nosotros. Él, apenas se sostenía en pie, y cuando lo lograba, buscaba desesperado la panza de su mamá para tomar  leche, y esa sí que le debe haber sabido a gloria. Juro que los ojos de Estrellita brillaban, y que nuestros corazones parecían caballos desbocados, de lo rápido que latían. El caballito era todo blanco, excepto su frente, donde justo en el centro tenía un lunar o una manchita, que a Migue y a mí se nos antojo el anuncio de un cuerno…
-¿Un unicornio?…¿Qué ustedes creen que es un unicornio…? No me hagan reir muchachos-fue lo que nos dijo Pablo Enrique, aunque no apartaba la vista del lunar,  casi dudando en la posibilidad …
Pero no le hicimos caso. Lo seguimos creyendo, como creemos en los genios sin lámparas, las hadas -abuelas y las niñas con duendes.Así como creemos que los abrazos estimulan el crecimiento, y que los besos nos limpian las impurezas. Tal y como creemos que la ternura es la mejor cura para el dolor de los huesos, y que la risa aleja el catarro…
Miguelito me miró con ojitos cómplices, sonriendo cómo sólo él sabe hacerlo, y pegadito a mi oido, susurró:
– Mira la cara de Pablo. En el fondo, a él también le gusta eso de tener un unicornio en  su patio.
                                                                                           

 Lilo 7/07/09


osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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