“Cambio de oficio”, por Lilo (18-04-09)

Lilo nos regala este nuevo cuento de su serie “El duende Miguelito”. Este se titula “Cambio de oficio”.

Yo no sabía si reírme por el disparate o llorar por la noticia. De una u otra forma estaba asombrada ante la confesión de Miguelito. Asombrada y sin entender nada.

-Sí Celia. Voy a cambiar de oficio. Me aburrí de ser un duende-dijo.
-Pero ¿cómo es eso Miguelito? ¿Quién dice que un duende se aburre de serlo así porque sí?
-Es que siento que me faltan cosas por hacer-me respondió
-Mira, que yo sepa un duende puede hacer lo que se le antoje, y cuando lo prefiera-repliqué algo irritada.
-De eso nada. No lo creas. Por ejemplo, no siempre puedo estar empinando papalote, o coleccionando estornudos, pues debo estar pendiente del corte de pelo de las ranas, atento para que los otros duendes no falten a sus encuentros con los niños, que la primavera no llegue antes de lo indicado y otras tantas cosas más que me llevan mucho tiempo. Eso no es hacer lo que se me antoje ¿o sí?-rectificó burlón
-Ja. Ahora yo si sé que el comején se te coló en el techo- expresé en sonora carcajada.
-No te rías y prepárate-me señaló muy serio- Ya no estaré para ti todas las tardes, o cada vez que tengas necesidad de un “te quiero mucho” pues mi cambio de oficio me exige dejar Cienfuentes y mudarme para DandoVueltas.
-¡¿Qué, qué…?!
-Dan-do-Vuel-tas, Celia ¿Te me has puesto sorda? Y antes de que preguntes, porque todo lo preguntas, te diré que me iré con el unicornio que encontramos tú y yo en la finca de Pablo Enrique.
-Ah, ¿porqué hasta  el unicornio tuyo y mío pretendes llevártelo? Cuando yo lo digo, tienes que estar loco… ¿qué vas  a dejarme mi duende? ¿O te digo mejor mi exduende?
De pronto no encontró las palabras. Sentí que sentía que a pesar de mis dudas lo apoyaba. Podía ser que me pareciera increíble lo que  decía, pero como lo quiero tanto sólo me importa su felicidad. También sintió que  yo estaba sintiendo un miedo enorme, gigante, “12 pisos” a quedarme sola, sin él.
Como no obtuve respuesta, me paré. Apreté muy fuerte los ramitos de nomeolvides y romerillo que habíamos recogido esa tarde, como si ellos pudieran salvarnos. Me alejé sin mirar más a mi duende.

Esa noche casi no comí. Mi abuela Aurora, que todo lo sabe o se lo imagina, me tomó la mano y me llevó a contemplar cómo las estrellas nos saludaban.
-Ellas parecen felices, lo que no significa que no tengan ciertos problemillas…- me dijo con picardía
– Ay, abue… ¿me vas a hacer creer que las estrellas tienen problemas?
– Mi estrellita lo tiene. Nada más hay que mirarte a los ojos ¿Qué te preocupa?

Justo lo que necesitaba. Rápida como un relámpago pregunté:
-Abuela ¿es posible que alguien se aburra de ser lo que siempre ha sido?
-Si es para mejorar, sí. Es posible
-¿Tú renunciarías a ser abuela?
-No porque es una fortuna inagotable serlo. Tenerte y que tú me tengas es un premio, y eso ya nadie ni nada nos lo podrá quitar. Pero tú, mírate, ahorita dejarás de ser una niña, y de ese modo estarás un poco que renunciando a lo que eres ahora. Habrás crecido física y espiritualmente. Harás cosas que ahora no haces porque no sabes o no te interesan, pero que en su momento serán importantes para ti. Verás la vida de otro modo. Estarás perdiendo algunas cosas para ganar otras…

Dudé unos segundos ¿Será que mi duende está creciendo? Pero ¿quién dice que los duendes crecen? Ellos son simplemente duendes y están hechos para eso, para no crecer. Pero es que Miguelito no es un duende cualquiera, con esa sonrisa suya, y esos ojos que hablan. Con esa forma de arreglar asuntos complicados, o crearlos, porque también los crea…Sí, abuela tenía razón. Podía ser que allá en DandoVueltas mi duende hubiera encontrado el lugar para crecer, o al menos sentirse distinto.

Al día siguiente sólo quería que llegara la tarde. Cuando sucedió salí disparada para nuestro lugar de encuentros. Llegué con un susto tremendo, sudada y con los zapatos en las manos….Podía ser que no estuviera, pero allí estaba. Me recibió con la sonrisa más radiante que yo haya visto. Ni al sol, si pudiera reírse la saldría así. Nos abrazamos como la primera vez. Tan fuerte que casi se nos olvida respirar.
Quise hablar primero:

-Ya sé que puedes ser mejor. Ya entendí que existen otras cosas interesantes que vale la pena que hagas. Ya comprendí que aunque eres un duende también tienes derecho a crecer, y que estás creciendo, y que tú…
-Ya Celia- dijo volviendo a reír y poniendo su manito de músico en mi boca- Yo quiero que sepas que me has dado la prueba más linda de amistad que pueda darse: aceptarme como soy, aunque no te guste todo lo que hago- y siguió
– Lo mejor de todo es que yo no puedo ni quiero dejar de ser tu compañero. Esté donde esté, mientras lo quieras tú, seguiré siendo tu duende Miguelito.
– Eso ya lo sabía- me apresuré a responder- Fíjate, yo no quiero estar sin ti. Vete a DandoVueltas o a Gritamásltoquenoseoye, pero procura regresar, aunque un día ya no lo hagas para regalarle ramitos de nomeolvides y romerillos a una niña.

Ese fue nuestro pacto. Y estoy segura que lo cumpliremos, más allá de las vueltas que demos, porque para la ternura… para  nuestra ternura, siempre habrá lugar y tiempo.

Lilo 16/04/09.


 

Editor

Editor

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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1 respuesta

  1. Avatar Celia García Dávila dice:

    Este cuento, casi puede ser una anécdota de mi vida pasada de adolescente enamorada.
    Me ha dejado estupefacta. Tengo el pecho contraído. También tengo un Miguelito y se me antoja que también puede ser un duende, coincidentemente es de Cifuentes y allá montamos juntos caballo.
    Gracias, Lilo, también amo a las abuelas.

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