cuento -despertar- (16-01-09)

Para –desde el corazón-, de Lilo.
despertar
¿Cuánto tiempo hacía que no se veían? Ya ni el almanaque podía responder eso. Mucho menos ellos, que poco a poco se habían ido alejando, así, como el que no quiere las cosas, o las quiere pero lo disimula para no ser imprudente. Dejaron de llamarse, escribirse, buscarse, tocarse…

El penúltimo encuentro fue de telenovela. Él tuvo que reconocer el grado de perfección alcanzado por sus cuerpos y espíritus, en el fascinante ascenso a la cúspide de los “deseos cumplidos”. Ella  había temblado, no de frío, sino de ansiedad por no querer que aquello terminara…y es que era perfecto en verdad, aunque durara un instante.

El último encuentro había sido de película. Así de sencillo y tácito: de película. Correr para llegar a tiempo. Horas de espera. Mucha gente. Gente nueva. Nueva compañía. Estreno de filme. Compartir aplausos, impresiones, la merienda que llevaban en la mochila como colegiales. Pura cofradía, pacto de cómplices. Al final, la versión actualizada de la Cenicienta: correr antes de que se rompiera el encantamiento, y el “camello” se convirtiera en calabaza. Para hacerlo memorable, ni se despidieron. Aunque en honor a la verdad pocas veces se habían despedido. Era como si no hubieran aprendido a hacerlo. Él la vio perderse entre la muchedumbre. Ella “rezó” para llegar “entera” a su destino.

Ahora verse así, de pronto, sin previo aviso. El susto era para ella que contaba hasta ovejitas para quedarse dormida, menos con aquella presencia. Volvió a temblar y ahora sí que no sabía si era de frío o de miedo. Cuando él le tomó las manos sintió juntarse la tierra con el cielo. Pensó que ella cabía perfectamente en un dedal, o mejor que podía pasar sin problemas por el hueco de una aguja…así de diminuta se sentía. Y aquellos temblores que no terminaban…

Él la examinó como espeleólogo que entra por vez primera a una cueva. Ella lo miró como escolar con la primera lección: lista para aprendérselo de memoria.

Él- ¿No te alegra verme? Estoy contigo, ¿me sientes?
Ella- Sí, pero no sé si me alegro. Parece un sueño.
Él- ¿Y qué? No me digas que le tienes miedo a los sueños. Al final la vida es un sueño.
Ella- Sí, sólo que hay sueños y sueños. Y no es el sueño en sí lo que me asusta. Es  el despertar.
Él- ¿El despertar?
Ella- Sí. Ya sabes como es. A veces te despiertan tumbándote de la cama. Es decir. Todo es tan de repente. Nunca estamos preparados para despertar así. Es como si te cayeras del 2do piso de una litera. Calcula el golpe!
Otras veces no. Otras veces despertar es un privilegio. Es como un seguir soñando despierta. En la boca y en la piel te queda todavía la resaca del sueño que tuviste, y eso da gusto…
Él- ¿Y ahora?
Ella- Siento miedo… ¿de dónde vienes?
Él- Vengo de ese espacio en que no ser, es ser, porque tú eres.
Ella- Me perdí. Siempre logras que me sienta perdida, ¿cómo lo haces?
Él- No importa. Ya te encontrarás. Toma- le juntó las manos, las besó. Justo allí recordó que una tarde sentados relativamente cerca uno del otro, un impulso hizo que le acariciara la pierna. Sólo eso. Nada más pasaría, pero tenía que tocarla.
Ella- ¿Qué es?
Él- Una caricia.
Ella- ¿Y ahora?
Él- Se terminó. Me iré y tú vas a despertar. No te preocupes. No vas a caerte del 2do piso de una litera. Conmigo debías estar acostumbrada. Cuídate.
Ella- Igual tú.
Era una de las pocas veces que se despedían………

La cama inmensa, fría. De un lado el peluche. Del otro, unos textos impresos, escritos desde el corazón de un poeta. En su boca y en la piel le quedaba la resaca del sueño. De su sueño.

Lilo  13/01/09    


osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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