texto de Nilibet García Pérez -desde el corazón- (11-03-08)

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HACIENDO ALMAS
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Nilibet García Pérez, (23 años), desde Villa Clara, nos envía este texto para que
seamos testigos de su nueva creación.

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Al-ánimo y los años.
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Unas veces me siento extraña, al punto de no sentirme. Solo percibo una sombra que no toca a nadie, una niebla, un silencio desmedido que solo encuentra respuestas en el centro de mi ser.
Otras veces estoy radiante, iluminada; llena de tantas sonrisas al pasar que el trayecto se me hace más largo, en tiempo y espacio. Y es en esos días cuando soy optimista, independientemente de siempre pensar que las “malas rachas” son transitorias. ¡Qué encantador saber que eres importante para alguien o que alguna vez alguien en la vida se ha acordado de ti!, sin premeditarlo. Pero he leído sobre los estados de ánimos y las características personológicas; quizás sea eso, ¡qué he leído mucho!
¿Qué ha pasado con mi existencia del pasado? ¿Será verdad que cuando el ser humano madura observa la vida desde otra perspectiva? Será; que estoy creciendo, o que me aferro a creer que la vida de las pasadas generaciones siempre es mejor.
Ahora recuerdo desde los hechos trascendentales de la infancia (cuando lloré por asistir sin medias al aula de pre-escolar, el día que tragué tinta de lapicero en el aulita de primero y cuando crucé la calle corriendo, sin mirar, a punto de estrellarme contra un carro grande, para mi menuda estatura). Rememoro los hechos del día que por aguantar las ganas me oriné en el asiento, del que serví de “pega-golpes” para defender a una amiga cercana, contra otra, que hoy conserva la misma condición. Y así fui conociendo los encantos de la infancia, con sus consecuencias, incluso con alguna ventana que rompió, para entrar de noches, “la calabacita”. Sucedieron los soles, las lunas, las estaciones, y no sé si aún recuerden, los implicados, lo sucedido. ¿Cómo convencer a solo una sociedad de ser yo una “niña buena” en plena adolescencia? Solamente con proponérselo basta. Dar el ejemplo ante los demás, aunque pesen llegadas tardes; participar en clases, así sea con el compañero que no pedías te sentaran al lado; hasta haciendo bromas se aprende; y aprendí a sonreír. Hasta el punto de tomar conciencia. Se fue despejando en mí la ingenuidad para ser más calculadora, positivista. Y guardé las opiniones de mis padres para acumular consejos. Y parece también que me estoy poniendo grande.
Me siento, desde muchos puntos de vista, preparada para asumir mis retos, sin compartirlos, sin transmitir un contagioso dolor de cabeza. No tengo menos fuerzas que ayer, pero en ocasiones añoro volver a tragar un poco de tinta que me provoque enmudecer o desbordar toda mi impotencia en la saya de escuela; lo que sí no me permitiría nunca, es dejar de sonreír.

Nili se despide

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