cuento -psicofonías-, por Marié (12-11-08)

PSICOFONÍAS, por Marié Rojas.

Bruno siempre llegaba tarde. Un día de estos aprendería a manejar los micrófonos y deshacía el dúo. De cualquier manera, ese era su único defecto y no es fácil encontrar un compañero de trabajo para estos asuntos, había que tenerle paciencia. Y era bueno en lo suyo.

Decidió tocar a la puerta del caserón para ir adelantando la entrevista, lo decía el anuncio del periódico: “Se requieren parapsicólogos entrenados en grabar psicofonías (dirección de la casa en un barrio de las afueras). Es necesario pasar una entrevista previa para comprobar nivel de profesionalidad”.

Le abrió una señora de unos sesenta años, alta, delgada, muy elegante, los ojos azul acerado. En sus buenos tiempos había sido una belleza.

– Vengo por lo de las psicofonías.

– Claro, pase por favor – le respondió ella con ademán amable.

Fue conducido a un patio interior, muy fresco, a la sombra de dos árboles había un banco de hierro pintado de blanco, con una mesita del mismo estilo, al lado de una fuente. ¿Cómo una mansión así no iba a estar encantada?, pensó sonriendo para sus adentros… solo con sentarse a escuchar los pájaros, el sonido del agua al caer, se descubría “el encanto”. La dama tenía la mesa lista para un té.

– ¿Gusta? – le dijo.

– Sí, por supuesto, con poca azúcar, gracias señora…

– Florencia, pero llámeme Flor.

Ella le sirvió con gestos delicados y precisos. Lo que se estaba perdiendo Bruno…

– Veo que me está mirando, mi esposo adoraba el ritual del té, decía que tenía que haber nacido japonesa. Y dígame, ¿cómo comenzó a interesarse en este trabajo?

– ¿Las psicofonías? – contestó preguntándose a sí mismo, tomado por sorpresa – Desde que perdí a mis padres siendo niño, en un viaje al que no pude acompañarlos por estar con varicela, y después a un amigo, justo el día en que íbamos a dar un paseo para estrenar su motocicleta y por algún motivo no pude ir… la motocicleta se volcó… No sé si me entiende, no son casualidades, es como si una mano me apartara de los peligros, aunque me dejara con el dolor y las dudas que acarrea seguir viviendo.

– Lo entiendo, continúe – dijo ella, inclinando dulcemente el rostro.

– Pensé que quizás ellos, o alguien desde el más allá, quisiera comunicarse, darme una explicación… Lo intenté visitando espiritistas, expertos en tarot… Nada… Proseguí la búsqueda por mi cuenta: si no era para mí, encontraría respuestas para otros y con ello hallaría la solución, de cierto modo, fue algo a lo cual aferrarme.

– ¿Y ha tenido éxito?

– Hasta ahora no… pero le doy mi palabra de que soy muy serio en mi trabajo, dispongo de un equipamiento técnico de última generación, y estaré todo el tiempo que me necesite buscando sonidos, voces, murmullos, lo que sea que usted crea haber escuchado.

– Realmente no he escuchado nada que valga la pena, una voz que me llama cuando duermo y al despertar ya no está, cierta vez un estrépito al fondo y cuando me acerqué… nada. Tengo, como usted, la esperanza de encontrar pruebas de la existencia del más allá. Mi familia ha partido, mis padres, como en su caso, a temprana edad, no tuve hermanas, ni hijos… desde que perdí a mi amado esposo me acosa el miedo a la muerte. Quiero saber si él me espera, si su esencia permanece en esta casa, si tomará mi mano llegado el momento. Deseo saber qué hay de cierto en lo que se comenta de las señales sonoras, las llamadas psicofonías… es probable que se requiera de un sexto sentido, entrenamiento especial o, como dice usted, el equipamiento adecuado. Cuento con su ayuda.

–  Me siento abrumado con la responsabilidad de la tarea, normalmente voy a oficinas donde los serenos dicen haber escuchado ruidos extraños, viejos conventos convertidos en escuelas, cárceles transformadas en hospitales… o es alharaca para la prensa, o temor colectivo; por lo general aparece un ratoncillo travieso, o es la broma de algún vecino.

– Es una pena que se le tome tan poco en serio. No será mi caso, tengo esa suerte de fe en las casualidades aparentes – se puso en pie -, ahora termine su té sin prisa y puede comenzar a trabajar cuando quiera. Lo dejo a solas para que no se sienta cohibido, he dejado la puerta abierta por si necesita revisar los exteriores o el jardín.

– ¿Se va? – preguntó algo nervioso.

– No, estaré cerca, pero intentaré no molestarlo – le dijo mientras subía las escaleras que llevaban al piso superior – siéntase libre de hurgar por donde crea, como dice, tal vez averiguando mis respuestas, halle las suyas.

–  ¿Y si encuentro algo? – insistió.

– Siempre será mejor que no encontrar nada – le respondió desde el interior.

Le había dado pena confesar que el que sabía manejar los equipos era Bruno, iría a buscarlo, se lo presentaría y comenzarían a trabajar… ¡al fin un trabajo que parecía serio! Justo cuando comenzaba a perder las esperanzas.

Al salir vio a Bruno parado en la esquina, por más que le hizo señas, éste no lo vio, y no valía la pena gritarle, seguro estaba enganchado a los audífonos del MP4. Tuvo que ir a su encuentro.

–    Hoy te esmeraste con la tardanza – lo saludó con una palmada en la espalda -, ¡lo que te has perdido por ser tan distraído! Vamos, que tengo que ponerte al día antes de entrar.

–   Espera, espera – lo sostuvo Bruno por el brazo, luego de sacarse los audífonos -, esta vez la distracción no fue mía. Si te hubieras fijado, el periódico que te dio tu tía Amalia era de hace dos años, típico de ella. Estuve haciendo mis investigaciones, para no hacer un papelazo al tocar la puerta, quién sabe si ya no estuvieran interesados en lo nuestro.

–  ¿Y?

–  Este es un vecindario muy comunicativo, por suerte. El que puso el anuncio fue un hombre que enviudó inesperadamente. Al regresar del trabajo encontró muerta a su esposa, el gran amor de su vida, según dicen. Estaba sentada, en el patio, la había sorprendido la muerte mientras preparaba el té de cada tarde. El pobre hombre, inconsolable y desquiciado, juraba escuchar su voz, como viniendo del otro lado de una cortina de niebla, por eso puso el anuncio.

– No, no, no… – tartamudeó tratando de explicar el equívoco.

–  Hace un año, desesperado de dolor, se quitó la vida. Desde entonces hasta hace poco, la casa fue clausurada, no tenían familiares, y producto de su mala fama, nadie quería habitar en ella.

–  No…

– Deja de decir “no” y escúchame, a mí tampoco me gustó la historia. Los vecinos le tomaron miedo al lugar, hablaron con la municipalidad…

–  Pero no…

–  Páralo, ¿quieres? ¡me vas a marear si sigues negando con la cabeza! Antes de ayer la demolieron, en su lugar harán algo nuevo, una barbería creo… Cualquier cosa que borre el recuerdo.

–  ¡Es que no puedo creerlo! – al fin pudo gritar.

– Yo tampoco – le señaló Bruno el montón de escombros remanentes -, nos hemos vuelto a quedar sin trabajo. Te lo dije, esto de las psicofonías no es un negocio rentable. Mira, para que te deleites en la contemplación de la casa, la señora del puesto de verduras me ha regalado esta vieja foto, dice que su nieto la rescató de los desechos que arrojaron a la basura, parecía loca por desprenderse de ella. Son un poco brutos acá, ¡mira que demoler algo así!

 

Desde la imagen en blanco y negro de la soberbia mansión, tras la puerta abierta, le sonreía Flor.

Marié

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara,1985. Creador y editor de este blog desde 2006 hasta hoy. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org "Hay un momento para dejar de buscar miel y convertirse en abeja"

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