Cuento -Martina y el duende-, de Marié Rojas (28-08-08)

Marié Rojas nos regala otro de sus hermosos cuentos, esta vez con una ilustración de Pilar Ribas. Disfrútenlo también desde sus corazones de duendes.

         Martina acaba de perder su último diente de leche. El diente parecía loco por escapar de su encía, porque se desprendió de un solo tironcito. Ahora lo tenía en su mano.

–    Es un diente precioso – le dijo la mamá -, seguro el ratoncito de los dientes te deja un buen regalo esta noche. Sácale brillo, para que lo impresiones.

         Martina sonrió. Sabía que el ratoncito no existía; había atrapado a sus padres levantando la almohada para tomar el diente anterior y colocar a su lado una muñeca; pero hubiera sido muy triste quitarles la ilusión,  sobre todo porque quedaba sólo este diente; por tanto decidió callar…

martina y el duende         Pero esta noche, por más que quiso mantenerse despierta para verlos entrar con su regalo, los párpados le pesaron tanto que tuvo que sumergirse en el mundo de los sueños. Y de ahí fue repentinamente expulsada por la algarabía ocasionada por el derrumbe de un castillo de piezas desarmables que había colocado junto a la ventana.

         Martina se incorporó y sorprendió a un hombrecito de una cuarta de alto sentado en el suelo, soplándose una rodilla que miraba con preocupación. Estaba tan ocupado en soplarse el rasponazo que no observó a la niña. Cuando vino a comprenderlo, ya estaba en sus manos.

–    ¡Oh, no! – exclamó el chiquilín -. Se suponía que esto no sucediera.

–    ¡Eres un duende! – se asombró Martina, sujetándolo firmemente -. Esto tampoco se suponía que pasara; en último caso esperaría a un ratón y  sé que lo del ratoncito es una fantasía de los padres.

         Como el duende seguía haciendo esfuerzos por salir, aflojó un poco las manos y lo llevó hasta su cama.

–    No creas que me gusta tener prisioneros, te voy a dejar ir, pero al menos dime quién eres y qué haces aquí.

         El duende asintió. Martina abrió las manos y él se deslizó debajo de la almohada, para salir a los pocos segundos con el diente en las manos, mirándolo con admiración.

–    Es perfecto, pocas veces se ven dientes de esta calidad. ¡Qué desgracia la mía, perder un diente así! ¡Soy el más desafortunado de los duendes!

–    Pues no sé para qué puedas querer mi diente, aunque es cierto que es muy bonito, como me cepillo tres veces al día – respondió ella – Tal vez si me explicaras…

 

         El hombrecillo se sentó en la cama con aire desconsolado.

–    Nuestra reina siente pasión por los caramelos, así que se rompe los dientes varias veces a la semana. Tenemos a varios especialistas haciendo constantemente dientes de repuesto; me paso la vida de cuarto en cuarto vigilando a los niños que duermen para llevarme sus dientes y los sustituyo por estos, hechos de plástico.

         Sacó de su bolsillo un dientecito idéntico al de Martina y se lo mostró.

–    Algunos me han visto, pero corro a esconderme en cualquier agujero, de ahí viene la historia del ratoncito. Hoy ha sucedido lo que nunca antes, ¡he sido atrapado! Cuando regrese a mi reino seré el hazmerreír de todos.

–    Espera, no es para tanto – dijo Martina -, puedes llevarte mi diente, será un placer ayudar a tu reina y evitar que hagas el ridículo. Pero por favor, apresúrate y déjame el de repuesto. He pasado la semana diciendo que me encantaría que el ratón me dejara una colección de cuentos clásicos.

–    ¿De veras? ¿Me lo regalas?  

 

El duende, olvidando su rodilla maltrecha, se puso a saltar de alegría con el diente en la mano. La niña tomó el dientecito plástico, lo colocó bajo su almohada y en ese preciso instante sintió un movimiento en el pomo de la puerta.

         El duende saltó por la ventana a una velocidad increíble; ella se colocó en posición perfecta de niña dormida y cerró los ojos, justo a tiempo para no ser sorprendida por sus padres.

–    Coloca con cuidado los libros, que no se vayan a caer – escuchó la voz de su padre -; hoy el cuarto de nuestra hija está más desordenado que nunca.

         Los padres se marcharon de puntillas y Martina se quedó en cama, con los ojos cerrados. No estaba dormida, tampoco había sucumbido al deseo de encender la luz de su mesa de noche y echar una ojeada a los libros, ya habría tiempo para eso mañana.  Ahora soñaba despierta…  

         No todos los días se puede salvar la reputación de un duende y ayudar a una reina comedora de caramelos.

Marié Rojas Tamayo, Cuba
Ilustración: Pilar Ribas Maura, Mallorca

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Editor

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Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas

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