cuento -la sopa más rica-, por Lilo (13-08-08)

Lilo le envía a las niñas y los niños una nueva historia de su duende,
disfrútenla, -desde el corazón-.

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De “El duende Miguelito”
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A Ivette Ortiz, por la sonrisa, por las sopas con sabor a ternura
y por tener “tanto duende suelto en el cuarto”.

“La sopa más rica”
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Esto de estar amarrada a la cama, no poder andar descalza, tener terminantemente prohibido asomarme a la ventana en la noches, ni bañarme en el aguacero, y además tener que tomarme cuanto té le dicen a mami que es bueno para la gripe, me parece que no se hizo para mí. Pero cuando doy esos detalles es porque ya lo viví, y juro que hay dos cosas que no puedo resistir:

– la primera: que mi duende no venga a verme.
– la segunda: el catarro.

Para suerte mía la primera es poco probable que suceda, aunque todos los días me miro al espejo y me digo:

– Celia, ahorita ya no eres una niña…

¡Y que temblores me entran! ¿Por qué? Porque los duendes de Cienfuentes sólo acompañan a las niñas y los niños. Así que un día, ya mi duende no vendrá más a traerme sus ramitos mágicos. Pero bueno, el ahorita ese, como dice mi papá que sabe mucho de una ciencia que se llama Física, es relativo…
Entonces lo que sí no soporto es el catarro, y ese como está en el ambiente no se está fijando que una sea niña o ardilla. Cuando te atrapa, te atrapa.
A los té con sabor a hierbas raras mi mamá agrega una dieta inventada por ella, aunque cumplidora de la indicación del Médico de la Familia, que es un jovencito con espejuelos, muy gentil, que en cuanto me ve, pregunta:

– ¿Y cómo amanece hoy el sol del Caribe?

Para mí eso es un piropo, pero mami dice que yo estoy muy chiquita para que me estén piropeando, y que el doctor sólo pretende ser amable. Yo creo a veces que a mi mamá no le dijeron muchos piropos en su vida y si se los decían ella no los entendía… pues bien la indicación de mi médico es: abundante líquido a tomar, y poco ha faltado para que mamá me prepare una piscina de sopa, ja… pero esa sopa tiene su historia.

En mi casa la que cocina es abuela Aurora, y lo hace como para que no dejes un granito de arroz en el plato. Pero mi abuelita se fue unos días para la casa de tía Amparo porque, como ella siempre me recuerda: la familia somos todos, los de aquí y los de allá, y hay que aprovechar los raticos para abrazar a los que no podemos ver todos los días. Eso yo lo entiendo, lo que se me hace difícil aceptar son las comidas de papi o mami. Debe ser que ya estoy acostumbrada a la sazón de la abuela. Aunque mejor digo “se me hacía difícil aceptar…” desde que sucedió lo que sucedió.

Recién me empezaba la gripe, y como abuela no estaba, su recomendación telefónica fue:

– Háganle sopa a la niña. Eso la alimenta y no resulta tan pesado para ella que debe tener poco apetito.

Eso fue como una orden. Lista, mi mamá se esmeró preparándome un caldo que cuando lo miré se me pareció a un cóctel marciano, y que cuando lo probé me puso a hacer más muecas que los monos del circo. Ahí mismo empezó la cosa, mami: “a que sí me tenía que tomar la sopa”, y yo: “que ni aunque me fueran a inyectar me tomaba aquello”. Me mostré tan, pero tan resuelta a cumplir lo dicho que mami salió casi llorando del cuarto, entre derrotada y rechazada. Luego vino papi a intentar convencerme pero prefirió que yo eligiera.

La tarde alcanzaba el tono especial, ese que aprovechan los poetas para escribir cosas lindas, cuando asomadita a la ventana aspiré el olor a la naturaleza, y supe que en instantes tendría la suerte de tocar los ramitos de cariño de mi duende. Y así fue. Allí mismo estaba con esa sonrisa de solecito mañanero que ha decidido regalarme para iluminarme toda, aunque llegue en las tardes.

También reí, pero enseguida me cayó el “cuju-cuju” de esa tocecita pedante, y la risa se me tornó en un mar de lamentaciones. Le conté lo del catarro y la sopa extraterrestre de mami, a la que le faltaba todo, hasta fideos, y que no iba a comer hasta que no llegara la abuela Aurora, y que mi mamá no sabía nada de cocina, que mejor seguía en su trabajo atendiendo a las personas mayores, que seguro la sopa era más efectiva como veneno de cucaracha que como comida, y que…

– Ya Celia, ya. No te esfuerces en convencerme de lo mala que estaba, según tú que no te la tomaste, la sopa que hizo tu mamá para la hijita de su corazón. Una sopa a la que tal vez le faltan fideos, pero que le sobra ternura, una sopa que además de los mismos condimentos que la abuela le pone, debe estar rebosadita de amor y muchos deseos de que la niña catarrienta se cure pronto. Yo creo que así son todas las sopas de las mamás cuando sus hijos se enferman.

Sentí que se me unía la tierra con el cielo, que yo era más chiquitica que una pulga y que mi duende crecía y crecía…pero sobre todo sentí mucha pena y vergüenza por lo que le hice a mi mamá. Recordé su rostro triste cuando al salir del cuarto casi susurró, buscando consolarse ella misma:

– Está bien mi niña. Ahorita seguro te da hambre y me la pides.

Miguelito recogió del suelo los ramitos de nomeolvides y romerillo, me los puso en las manos, y me dio un besito en la frente. Estaba seguro que yo había comprendido y que estaba arrepentida. Volvió a sonreírme con esa carita de corazón que pone cuando acierta y dijo:

-Ahora me voy. Allá en Cienfuentes aunque no tengo catarro mi mamá me hizo una sopa que estoy loco por tomarme. Mañana me dices a cuántos marcianos invitaste para que saborearan contigo la de tu mamá…ah!, y no olvides contar los fideos, que yo contaré los de mi sopa para ver cual de las dos tenía más.

Desde ese suceso no hay cosa que me brinde mami que yo rechace, aunque me disgusten los té de hierbas raras, aunque sus sopas sigan teniendo pocos fideos, aunque reconozca que la comida de abuela me gusta más… y es que las madres como nos enseñó Martí, debían llamarse Maravilla.

Lilo.

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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