textos de Orlando Víctor Pérez Cabrera (25-03-08)

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HACIENDO ALMAS
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orlando víctor pérez cabrera

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textos de Orlando Víctor Pérez Cabrera.

ME ENVENENO DE BOLEROS INSURRECTOS

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I

 

La sombra de tu sombra me persigue,

se extiende sobre el sueño y la vigilia,

nubla la parte luminosa de mi ser,

evapora mis ríos interiores.

                 Me declara

un fantasma que bruscamente se sonríe

y se reparte porciones de magra soledad

sobre los platos que la vida alcanza.

El día me sorprende banco de los parques

tratando de explicarme el sol,

haciendo un hueco en la memoria.

Allí te veo colgándome en los ojos el agua de tuyos,

abierta la boca vegetal

y el deseo de quedarnos para siempre en una foto.

Me he bebido nuevamente aquel bolero

bajo la noche de un febrero frío,

he pisado otra vez la noche sin remedio

pidiendo a Dios un eco y una estrella

y se han zafado las amarras de la barca

que se refugia en la prisión de un cero.

El día trae arenas que se incrustan en los ojos

mientras el árbol se deshoja.

Viaja hacia la noche clavándome las suelas

en el barro sin ti, mientras la sombra

me asalta en el camino.

 

II

 

En el hueco de tu ausencia

yo cargo con tu recuerdo.

Me siento como una hoja

entre la tierra y el cielo.

En la cama donde faltas

siento un vacío sin tiempo.

Soy aquel judío errante

desprovisto de su cuerpo.

Por el polvo en que te fuiste

sigo la ruta de un perro.

Parezco como un fantasma

que ha llegado de muy lejos.

En el mar donde no estás

soy como un barco sin puerto.

Hay un silencio malvado

acribillándome el sueño.

 

III

 

Los días pasan como bueyes por mi lado

anegándose en el musgo de un arroyo

sin que vuelvan al punto de partida.

Veo palomas ganar el alto cielo y me pregunto

si vuelan a tu encuentro.

Te busco con la mirada dentro de nuestra casa del amor

y sólo hallo el aire de tu ausencia.

Los días se parecen a un jabón que se gasta dentro de su propia espuma

y en las burbujas que se mecen

creo ver dos ojos que me miran.

Tu blusa flota en un bolero

y yo me aferro a que el milagro está en nosotros mismos.

En esta soledad donde me faltas

te he vestido con versos de mi alcoba

y siento tu desnudez correr entre mis manos

y en la pulpa de tu piel he colgado un tierno beso.

 

IV

 

Cántame, mujer, ahora que estoy triste;

déjame temblando

entre la esperanza y una cuerda marinera.

Doy vueltas y más vueltas dentro de mí mismo

y el oído no me alcanza a ese desastre.

Estoy entrando poco a poco en un simulacro de oración.

Cántame allí o aquí o en cualquier lugar donde me aparezcas,

hasta que el recuerdo tome esa amarillez de tiempo inmemorial.

 

La tarde alarga sus tentáculos

y todo cuanto deja es un silencio que no es dable remediar.

Ella va como un cordero al lugar del sacrificio

mientras yo escucho su quejido en el ansia de sentirse.

La tarde encaja sus pezuñas

a un costado de mis sueños

y yo parezco un terrón a punto estrellarse.

 

Canta de una vez o aleja el cáliz para siempre de mi boca.

 

No puedo modelar un alma de mujer con la tristeza

ni despertarme en medio de la noche

con el pito de un tren en las entrañas.

 

En vez de sangre es un martillo

que golpea mis sienes cada vez que llega un nuevo oleaje.

Si ya probé la copa del amor,

¿por qué la sangre se me vuelve agua?

osemi

José Miguel R. Ortiz. Cifuentes, Villa Clara, 1985. WhatsApp +53 58298396 / Correo: z@halmas.org

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