«El día que pasó el cometa» y otros textos de Lilo -desde el corazón-

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HACIENDO ALMAS
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Lilo, siempre presta a contarnos las aventuras y enseñanzas de su duende,
nos regala esta vez su nuevo cuento “El día que pasó el cometa”, acompañado por dos poemas,
directamente desde su corazón.
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acción comunitaria -desde el corazón-
facilitador: José Miguel Rodríguez Ortiz
calle 14 # 260 e/ 17 y 19 1er piso
Barrio El Carmelo, Vedado, Plaza.
Ciudad de La Habana. Cuba CP 10 400
telef: 8310447
e-mail: desdelcorazon@cubarte.cult.cu
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“El día que pasó el cometa”.

Dice abuela Aurora que en la vida suceden cosas que no se repiten. Esas las guardamos como un tesoro, para no olvidarlas nunca. Algunas, según abuela no son muy buenas que digamos, pero siempre dejan una lección. Y eso es cierto, porque yo no voy a olvidar el día que le negué los colores a Maruchy, porque quería terminar mi libro de colorear.

Al siguiente día Maruchy no llevaba hecha la tarea de “El mundo en que vivimos”.

A Miguelito, no le puedo ocultar nada, y mucho menos esos deseos inaguantables de llorar por la culpa, que me nacieron ese día. Mi duende es un maestro consolando a otros, en este caso a mí. Con él pude terminar de  reconocer mi mala acción, el egoísmo que padecí, y hasta mi admiración por Maruchy, porque a pesar de mi mal gesto, ella compartió como todos los días de clases el horario del recreo conmigo, y hasta me devolvió un ramito de  nomeolvides que se me había olvidado en el pupitre. Miguelito no me regañó, y si lo hizo, fue de un modo diferente al de mami y papi. Sólo tomó mis manos temblorosas, secó el riachuelo de las  lágrimas que sin pedir permiso saltaban de mis ojos y casi en un susurro me dijo:

-Celia, a veces somos tan ingenuos que ni nos damos cuenta del daño que podemos causar. Otras veces hacemos mal porque sí. Entonces nuestro cielo se cubre de nubes grises irritadas, y todo nos sale mal a nosotros mismos. Tú eres una niña, y los niños no hacen daño porque sí, y es que tienen el corazón y la mente puros. Maruchy te perdonó, la maestra comprendió tu explicación para justificar a tu amiga, yo siempre estaré contigo, tú te prometiste a ti misma nunca más volver a hacer algo así, entonces, ¿no sientes que has crecido un poquito, por dentro?.

¡Ay mi duende! ¿Qué seria de mí sin ti?. Cosas como estas son las que no dejan que yo quiera ser adulta, como mamá, aunque cada vez que me sonríe o me hace un cuento me parece que anda de novia con algún duende.

Después de todo, ese día fue especial, porque Miguelito me acompañó no sólo la tarde, como es habitual, sino que se quedó esa noche para ver pasar el cometa que abuela Aurora me había dicho que pasaría, y que tal vez sólo volvería a ver cuando yo misma fuera una abuelita, y eso sí participaba en el Círculo de Abuelos como ella, y adornaba cada día mi rostro con una sonrisa sonora que me saltara   la panza, y viniera desde el corazón.

Aunque nadie lo vio, allí junto a mí con los ojos perdidos como las míos  en lo infinito de la noche, estaba mi duende, esperando al cometa.

 

Lilo.

Poemario “Viajera”. Noviembre 2007.
“para morir de amor cualquier lugar es bueno”.
Víctor Cassaus

“Viaje”

Andar con tus pies ha sido aventurarme
al paso lento del tiempo,
a un “sin apuro” que contrasta con mi esencia
y me vuelve diferente.

Sostenerme en tus rodillas me deja erguida, como espiga
aunque para mis plegarias no escapen
al contacto tierra-cielo.

En tu cintura se atrinchera
el éxtasis de mis juegos,
mi danza,
y la rima que se desprende de mi cuerpo, cuando tus manos de escritor
me convierten en poema.

En tu pecho me preservo.
Tus hombros reciben mi llanto y mis miedos
albergando mi seguridad.
En ti y contigo, soy.

Tus labios son mi mar,
mi puerto.
Mucho mejor mi campiña.
En ellos está la esperanza que cabalgo cada vez que los encuentro
o el naufragio perfecto al que me someto.

Para descansar prefiero tus ojos.
Allí que me busquen si me pierdo un día.
Ahí estaré más viva que nunca, o casi sin vida.
Tal vez tendida, exhausta, inerte.
Y es que para morirme de amor
cualquier lugar de tu geografía es bueno.

“El nombre de las cosas”.

Siento que he llegado tarde
al umbral de tu puerta,
para pedir por misericordia una dosis de amor
que me salve.
Me invade un miedo abrasador como el fuego,
pero sin nombre. O tal vez miento.
Este miedo tiene tu nombre.
El nombre de mi tardanza,
del umbral de tu puerta,
de la misericordia,
y del amor que sin importar el tiempo ni la forma que tenga
me das y me salva.

 

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