boletín 2 -con un sol en las pupilas- marzo de 2006

boletín

-con un sol en las pupilas-

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no.2 , marzo-2006

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coordinador : ludovico (haciendo almas)

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en este boletín: con un sol en las pupilas , se van a promover los textos enviados por

Orlando Victor Perez Cabrera ,de Cumanayagua, Cienfuegos, Cuba, poeta,……

y el nombre del mismo me fue propuesto por él, en fin, seguimos,….

Orlando V. Pérez Cabrera (Cumanayagua, Cuba-1950).

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Licenciado en Educación en las especialidades de Español-Literatura y en Lengua Inglesa . Master en Educación. Poeta, narrador e investigador sobre temas de la Comunidad. Ha publicado, entre otros, Señales (Poesía, Editorial Mecenas) y El último gol (Narrativa, Editorial Mecenas).

Dirección particular: Calle Maceo No. 10 (norte) e/ Maceo y 3ra.Cumanayagua, Cienfuegos . Cuba.

Editor de la Revista Cultural Calle B , que se edita en Cumanayagua, auspiciada por la Dirección Municipal de Cultura, que tiene publicación en papel (trimestral) y edición digital (se actualiza semanalmente). Tiene varias secciones que abarcan lo local, lo nacional y lo universal. También una sección para niños, así como noticias culturales y promociones.

Se aceptan colaboraciones.

e-mail: cumanayagua@azurina.cult.cu

Tel. 043433556

Sitio web: www.calleb.cult.cu

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agradecimientos: a la técnica en computación: Lidice Nieto de Cumanayagua, Cienfuegos, Cuba.

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TEXTOS DE :

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YANNIT POZO CASTILLO (Cumanayagua, 1983).

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Actor del grupo Teatro de los Elementos. Miembro del Taller Especializado en Preceptiva de la Poesía «En el vórtice de la contemporaneidad.» Premio Regional en Narrativa Jesús José Rojo. Finalista en el Premio Nacional Poesía de Primavera. Premio Poesía Eres Tú. Ha obtenido menciones en concursos provinciales y regionales. Actualmente es alumno del Centro de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso». No tiene libros publicados.

-Dirección Particular: Calle Cienfuegos (final) # 131 e/ calle F y Río, Cumanayagua,

Cienfuegos, 57 600. CUBA

– e-mail: element@azurina.cult.cu

– Teléfonos: 433051 (Casa de Cultura)

433802 (Casa del Asesor)

N.I. 83051411784

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POEMAS

I

Oh tierra mía, llegará el tiempo en que no te servirás tajadas de aurora a la mesa. Llegará el hediondo pueblo invisible, y ahuecará la noche que tanto os quita la sed. Ese pueblo les insuflará un virus casi perfecto, y que ellos amasan, como ustedes amasan los misterios del musgo y la soledad. El virus será el habitante inocuo de sus mesas, pero les morderá la voluntad; será el muñón de invierno en sus estómagos, pero querrá todo el calor de sus espíritus; será la triste semblanza de una nube incierta, pero les quitará a cada cual la sana lluvia. ¿Saben el nombre del virus, pobladores del rocío, la brisa y la luz? ¿Saben cuál es la bestia formidable que se los comerá, poniendo ardentía intolerable en sus vientres? Mira que les aconsejo cultivar el amanecer, y la noche; el polvo, y el rocío; la brisa, y el vendaval; porque vendrán días en que los seres invisibles desplegarán el purulento virus que ellos, con exaltación en la mirada, nombran pan.

II

Arranquen del mar esta isla, arránquenla como una pústula en la huella que dejó nuestra quimera. Esta isla es todo un continente en el misterio. Arránquenla. Que cada semejante vaya con el remo a los arrecifes del alma, y remen…, remen hasta que la isla quede atrapada en lánguido ojo que nuestros padres llamaron horizonte.

Huyan amados, se acerca la raza que deja el dibujo de su hambre en los días de nuestros hijos. Se acerca la raza para la cual el mar es sólo sal y fantasma, vibrante piel en la inmensidad. Ellos muestran sólo un rostro, el rostro del antiguo dios que quedó sin rostro. Sus almas están sedientas de ojos. Sus ojos están sedientos de almas. ¿No ha sido siempre el mar un mendrugo de infinito, una esquirla de eternidad? Huyan amados, los que se acercan pueden matar con el miedo de sus manos.

Arranquen esta isla, arránquenla, el misterio es un náufrago en una gota de rocío… Amados, nuestras quimeras no van a regresar, le cuelgan a ellos de la frente.

III

Ustedes, los más atrevidos, los que pretendieron guardarse en el bolsillo un pedazo de luz luego de esculpirlo. Sepan que sus manos han quedado mudas, castradas de mirar el calor en otras manos. Sepan que desde el instante en que las extendieron al becerro que se nutre con los pastos de la inocencia, a ese becerro que erigieron con oro y hojarasca, con sangre y cinceles de ignorancia, ese que bien podría adornar uno de sus cuernos con el becerro de Aarón, ese que hoy despierta ocupando las plazas del espíritu, succionando nuestras ideas, y que al final de la existencia nos lanza a las cloacas del No-Ser después de rumiarnos; sepan pues, ustedes los atrevidos, los que pretendieron tener para si el hálito de la luz: irán perdiendo la silueta. Y lo único que les quedará para roer será sus propias sombras. Más tarde se disiparán como árbol que se consume en negras ventiscas.

CUENTO

LA VITA E BELLA

Al final del pasillo, en un discreto banco, ambos están abrazados. Frente a ellos una puerta blanca, la puerta de la sala de patología. Llevan mucho tiempo sentados en aquel rincón. Sólo él ha abandonado el lugar para hacer una llamada a la funeraria. Los ruidos metálicos que antes han escuchado de manera continua al otro lado de la puerta, han cesado. De vez en cuando ven atravesar a una enfermera o un médico con rostros soñolientos, el indiferente silencio del pasillo. El hombre retira el brazo que mantiene unida la cara de ella a su pecho, y mira la hora. Dos y seis de la madrugada.

Pasan unos minutos.

Sienten entonces que la puerta de la sala empieza a abrirse y se acaban de soltar del abrazo. Un hombre entrecano y con arrugas bien acomodadas por toda la cara, asoma la cabeza.

-¿Ya vino el carro? -preguntas.

-No -contesta el padre parándose del banco-. Hace un rato llamé y había acabado de salir para acá.

-Bueno, entonces me da tiempo para comer algo -cierras la puerta con llave-. Ayer fue mi cumpleaños y me pasé el día sin comer nada… tomando desde por la mañana… cincuenta y ocho -susurras-, se dice y no se cree.

Miras la pareja después de percatarte de la estupidez que acabas de decir, y te despides con un gesto casi imperceptible. Luego, te pierdes en la tensa quietud del hospital.

Media hora después llega el chofer. Es un hombrecito de cuerpo consumido y cara de insecto. Saluda con calculados gestos y palabras y pregunta por el cadáver. El padre dice que hay que esperar al patólogo, fue a comer algo desde hace un rato.

-Sí, compañero, pero yo tengo que seguir trabajando -dice con aspereza el chofer.

La mujer abraza a su esposo y masculla muchas amarguras en el pecho de este.

-Entonces hay que buscar a alguien de la dirección -dice con voz temblorosa el padre.

-Si de aquí a cinco minutos no aparece el hombre tendremos que hacer eso -dice el hombrecito y se recuesta a la pared con los brazos cruzados.

Unos minutos después, más de cinco, el padre empuja la puerta de la dirección y encuentra al subdirector sentado en la silla del director. Entra sin pedir permiso y le espeta todo al subdirector con voz llorosa. El subdirector pide disculpas, y dice que eso nunca le ha pasado a Ciro, tú, el patólogo; dice también que al otro día ese irresponsable será expulsado del centro. Llaman a un encargado de mantenimiento, que a esa hora estaba dormido sobre una mesa vieja de disecciones, y logran forzar la puerta. Ella, la madre, dice que no puede verlo, que se quiere morir también. Y es el padre quien tiene que vestirlo, solo, con amarga delicadeza. A veces en la sala se filtraba algún sonido de la ciudad, que contrastaba con lo gélido del ambiente.

Antes que los padres se retiraran del hospital, el subdirector pide disculpas unas cuantas veces más, y dice lo mismo sobre la irresponsabilidad del patólogo, sobre tú irresponsabilidad. A esa hora, casi las cuatro de la madrugada, no has regresado aún.

Empujas tímidamente la puerta, y antes de asomar la cabeza, respiras profundo y te pasa la mano por la boca para atrapar un eructo etílico. Te asomas. Ves los rostros imperturbables del consejo de dirección y te sientas sin que te digan nada. Sabes perfectamente lo que sucedió la madrugada anterior y no haces caso al recuento que empieza haciéndote el subdirector. Piensas que el subdirector habla con voz de perro y que no te va a pasar nada. Piensas en más cosas para distraerte mientras una palabrería sin sentido rebota en tu oreja y no sigue más allá. Hasta que una filosa frase hace que te estremezcas: expulsión del centro… expulsión… expulsión…, y así continua martillándote en la mente por un eterno segundo. Estiras la mano de manera maquinal y coges un papel que alguien te alcanza y que tienes que firmar. Apenas miras el papel; te alcanzan un bolígrafo y lo firmas con un volátil gesto.

Atraviesas pasillos. Bajas escaleras. Cruzas puertas, conversaciones de pacientes y médicos. Y quedas por fin frente a la salida, mirando a la calle. Respiras por última vez ese excepcional aire que ha recorrido todos los rincones del hospital y que fluye por los pasillos y desemboca como un océano fétido en la puerta de salida. Enfrentas entonces la claridad.

De súbito, cuando hueles el aire sucio de la calle, cuando el ruido de los motores se clava en tus tímpanos, cuando te percatas de la tibia claridad que cae sobre tus ojos… te sientes extraño, diferente. Te dispones a cruzar la calle con un nuevo ímpetu, desconocido hasta ahora en la trivialidad de tu existencia. Das un paso sobre el capote negro de asfalto y enseguida tienes que regresar a la acera; sientes un claxon que te acosa por una probable imprudencia. Miras. El carro fúnebre regresa del cementerio a toda velocidad. Respiras aliviado, de una manera nueva y agradable. Cruzas la calle. Y piensas que simplemente eres, un desempleado.

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foto

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Yannit Pozo Castillo (Cumanayagua, 1983)

Yannit Pozo Castillo (Cumanayagua, 1983)

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